Profr. Marcelino H. Martínez
En política, como en la vida, no existen las casualidades; existen las consecuencias.
Con demasiada frecuencia vemos a personajes públicos que, cuando enfrentan el rechazo ciudadano, buscan culpables en todas partes, en sus adversarios, en los medios de comunicación, en las redes sociales o en supuestas campañas de desprestigio.
Rara vez hacen el ejercicio más difícil, mirarse al propio espejo.
La confianza de la gente no se pierde por un solo error. Se erosiona con la soberbia, la incongruencia, las promesas incumplidas, el mal trato a los ciudadanos y la falta de sensibilidad para escuchar.
Ningún pueblo está obligado a soportar la arrogancia de quien cree que el poder le pertenece. La autoridad se presta temporalmente; el respeto se gana todos los días.
Cada decisión de un gobernante, de un legislador o de un dirigente político produce una reacción.
Si se gobierna con humildad, honestidad y cercanía, florece la confianza. Pero cuando prevalecen el orgullo, el autoritarismo y el interés personal, la consecuencia inevitable es el desencanto ciudadano.
La política no necesita más discursos grandilocuentes. Necesita servidores públicos con la madurez suficiente para reconocer sus errores, corregir el rumbo y entender que nadie está por encima del juicio de la sociedad.
Quien responsabiliza siempre a los demás por sus fracasos demuestra que aún no ha comprendido el verdadero sentido del servicio público. Gobernar también implica asumir las consecuencias de las propias decisiones.
La historia ha demostrado que los pueblos pueden perdonar un error cometido de buena fe, pero difícilmente olvidan la soberbia de quien nunca acepta una responsabilidad.
Por eso, el mayor acto de liderazgo no consiste en señalar culpables, sino en asumir con dignidad las consecuencias de los propios actos. Esa es la diferencia entre quien solo ocupa un cargo y quien realmente deja un legado.
Al final, la ciudadanía observa, recuerda y decide. Y en democracia, el veredicto más importante siempre lo emite el pueblo.