Por Adrián García Reyes – 27 de julio de 2026.
Terminó el Mundial, durante mucho tiempo se hablará de que España fue un digno campeón, fiel a una identidad futbolística construida durante décadas; que fue el último de Messi y de Cristiano Ronaldo, así como de que el gobierno de Estados Unidos dejó más dudas que certezas como principal anfitrión. Se discutirán las sedes, la logística, las políticas migratorias que marcaron el torneo, la creciente comercialización del espectáculo y la influencia que la FIFA concedió al mercado estadounidense para moldear la competencia a su conveniencia.
Y no tengo duda de que hay otro asunto del que, sin duda, se seguirá hablando; el de aquellos equipos y personajes que, una vez más, trajeron al presente una de las historias más antiguas de nuestra cultura: la de David y Goliat.
No es casualidad que ese relato sobreviva después de más de dos milenios, más allá de su dimensión religiosa, constituye una poderosa metáfora política y social: el enfrentamiento permanente entre quienes concentran el poder y quienes únicamente cuentan con su inteligencia, organización y convicción para desafiarlo.
El futbol, como pocas actividades humanas, insiste en reescribir esa historia, cada cuatro años aparecen nuevos gigantes, y, afortunadamente, también nuevos Davides.
Como aficionado al futbol, siempre me ha fascinado comprobar que, por encima de los millones invertidos, de las marcas comerciales y de las estadísticas, existe algo que el deporte todavía no termina de domesticar: la incertidumbre.
El primer mundial que vi fue Francia 1998, en su momento por supuesto que no hice un análisis, pero, además de aquel gol de “el Matador” contra Holanda, recuerdo a Croacia disputando su primer Mundial como nación independiente; un país de poco más de cuatro millones de habitantes irrumpía en un torneo dominado históricamente por Alemania, Brasil, Italia, Argentina o Francia. Nadie esperaba demasiado.
Terminó eliminando a la selección del cinco copas Matthäus con un contundente 3-0, conquistó el tercer lugar del torneo y Davor Šuker se convirtió en el máximo goleador con 6 goles. Así, más que una sorpresa deportiva, Croacia simbolizó el nacimiento de una nación que acababa de atravesar una guerra devastadora y encontraba en el fútbol una forma de reconstruir su identidad ante el mundo.
Cuatro años después, en Corea y Japón, el turno fue para Senegal, otro debutante en un Mundial enfrentando en su primer partido, nada menos que, a la Francia de Zidane y compañía, vigente campeona mundial y europea. El resultado parecía escrito y, sin embargo, el partido terminó 1-0 para los africanos.Aquella victoria inauguró una de las campañas más memorables en la historia de los Mundiales. Senegal alcanzó los cuartos de final y demostró que el prestigio acumulado no garantiza el resultado.
En 2010, durante el primer Mundial organizado en suelo africano, al ritmo del “Waka waka” Ghana estuvo a unos centímetros de cambiar la historia del continente. Si Luis Suárez no hubiera atentado contra el fair play metiendo aquella polémica mano en los últimos minutos del tiempo extra, África habría tenido por primera vez un semifinalista. No ocurrió, pero incluso en la derrota quedó instalada una certeza: los límites que parecían naturales comenzaban a resquebrajarse.
Hace 4 años, en el primer mundial realizado en invierno, Marruecos terminó de romper ese techo simbólico; no solamente alcanzó las semifinales, derrotó a Bélgica, España y Portugal, convirtiéndose en el primer país africano y árabe en instalarse entre los cuatro mejores del planeta y obligó a Europa a reconocer que el monopolio futbolístico comenzaba a fracturarse.
La historia parecía extraordinaria hasta que llegó 2026, la primera copa realizada en 3 países también encontró a su David y llevó el nombre de Cabo Verde. Resulta difícil imaginar una mayor asimetría.
Un archipiélago africano que antes de esto pocos hubieran podido ubicar en un mapa, de poco más de medio millón de habitantes enfrentándose a potencias futbolísticas construidas durante más de un siglo. Sin una gran liga, presupuestos multimillonarios, ni infraestructura comparable. Sin el respaldo económico que acompaña a las grandes federaciones; pero con algo que nunca aparece en las hojas de balance: una extraordinaria convicción colectiva.
Mención individual merece su símbolo, Vozinha. A sus cuarenta y tantos años, cuando la mayoría de los futbolistas ya ha abandonado la alta competencia, el guardameta caboverdiano se convirtió en una de las imágenes más memorables del torneo. Su actuación frente a España —el único equipo que logró impedir la victoria del futuro campeón— trascendió las estadísticas.
Mientras los reflectores apuntaban a las grandes figuras europeas, un portero africano semi profesional recordaba que el fútbol aún es uno de los pocos lugares donde el corazón puede imponerse sobre el presupuesto al momento de determinar el resultado.
Pierre Bourdieu explicaba que toda competencia social está atravesada por distintas formas de capital: económico, cultural, social y simbólico. Las grandes selecciones poseen prácticamente todas, los pequeños llegan con muy pocas. Y, aun así, compiten, no está de más decir que ahí reside buena parte del milagro futbolístico.
Gramsci sostenía que la hegemonía funciona cuando consigue convencer a todos de que las jerarquías existentes son naturales; en ese contexto los Mundiales producen, de vez en cuando, el efecto contrario, nos recuerdan que ninguna estructura es definitiva, que los privilegios también pueden ser cuestionados y que el poder nunca es completamente invulnerable.
Quizá por eso estas selecciones despiertan simpatías incluso entre quienes no comparten su nacionalidad, representan algo que trasciende el deporte: representan la dignidad de competir.
De la misma forma el Mundial de 2026 dejó otra enseñanza igual de significativa: nunca antes habían participado tantas selecciones integradas por futbolistas nacidos fuera del país que representan. Para algunos, ello parecería debilitar la identidad nacional, los hechos demuestran exactamente lo contrario.
Buena parte del plantel marroquí nació en el viejo continente; Cabo Verde reunió futbolistas formados en Portugal y en distintas ligas europeas. Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Portugal también dependen cada vez más de hijos y nietos de migrantes; lejos de diluir la identidad, estas historias la enriquecen.
Benedict Anderson explicaba que las naciones son comunidades imaginadas: proyectos colectivos construidos a partir de memorias compartidas, símbolos comunes y afectos que trascienden el territorio. El fútbol parece confirmar esa intuición, la patria no siempre coincide con el lugar donde se nace, sino que muchas veces concuerda con el lugar al que se decide pertenecer.
Stuart Hall insistía en que la identidad nunca es una esencia fija, sino una construcción permanente, por eso resulta tan poderosa la imagen de miles de marroquíes celebrando simultáneamente en Casablanca, Bruselas, Ámsterdam y París. No compartían únicamente un pasaporte, ellos compartían una historia, una memoria, un sentimiento. La migración no destruyó esa identidad, la hizo más amplia, compleja y fuerte.
Mientras tanto, los gigantes seguían disfrutando ventajas que poco tenían que ver con el mérito deportivo. Estados Unidos concentró la mayor parte de los partidos, los ingresos comerciales y la exposición mediática. La FIFA adaptó horarios, formatos y pausas pensando en las necesidades del mercado televisivo estadounidense; el espectáculo volvió a demostrar, tristemente, que el negocio suele pesar tanto como el balón.
En ese contexto, vale la pena recordar que Guy Debord advirtió que las sociedades contemporáneas terminan sustituyendo la experiencia por su representación. El Mundial parece caminar peligrosamente hacia esa dirección, cada vez importa más el espectáculo y menos el juego.
Sin embargo, la de gajos y el futbol conserva una virtud que ni la FIFA ni el mercado han conseguido comprar: la posibilidad de la sorpresa.
Eduardo Galeano escribió que el futbol profesional ha condenado a la belleza a convertirse en una excepción, así, quizá también podamos decir que el negocio intenta convertir la rebeldía en una excepción. Necesita gigantes previsibles, marcas globales y finales rentables.
Pero el balón insiste en desobedecer, insiste en, como dijo Maradona: no mancharse. Y cada vez que eso ocurre, el deporte recupera algo de su esencia.
Hannah Arendt sostenía que el poder nunca descansa únicamente en la fuerza, sino en la aceptación que los demás hacen de él. Tal vez por eso las historias de David siguen resultando tan incómodas, porque nos recuerdan que ningún poder es absoluto, que toda hegemonía puede ser discutida y que incluso los gigantes dependen de que alguien crea en su invencibilidad.
Por eso seguimos recordando a la Croacia de Šuker.Al Senegal de Diouf.A la Ghana de Gyan.Al Marruecos que cambió la historia del fútbol africano.Y ahora también recordaremos al Cabo Verde de Vozinha.
No porque levantaran la Copa, sino porque hicieron algo igual de importante: nos obligaron a mirar nuevamente hacia quienes casi nunca ocupan la portada. Nos recordaron que la historia no pertenece exclusivamente a quienes acumulan dinero, prestigio o poder. Pertenece también a quienes, con mucho menos, se atreven a desafiar el orden establecido.
Porque al final, David no derrotó únicamente a Goliat: derrotó una idea, aquella de que los gigantes no pueden caer.
Y mientras exista un equipo capaz de recordarnos que el talento puede imponerse al presupuesto, que la organización puede desafiar al privilegio y que la dignidad puede competir contra el poder, el fútbol seguirá conservando aquello que lo hizo universal mucho antes de convertirse en un negocio global.
Esa esperanza, la de que los gigantes y los imperios no son invencibles, sigue siendo el verdadero campeonato que ningún mercado o poder ha logrado conquistar.