Dr. Juan Eduardo Candelaria Ampacún
Posdoctorante del Colegio de San Luis
Correo: eduardo.ampacun@colsan.edu.mx
Cuando me fue encomendada la tarea de elaborar una propuesta de logotipo para la Red de Estudios de la Huasteca, una de las primeras ideas que acudió a mi mente fue la de abstraer, de alguna u otra forma, la figura del caracol cortado, emblema que desde tiempos muy antiguos ha identificado al mundo huasteco. En efecto, este motivo posee una profunda raigambre histórica y simbólica, como lo documentó de manera temprana Eduard Seler al analizar la iconografía huasteca y su vínculo con el ehecacózcatl, el “joyel del viento” (Seler 1967, vol. 1: 71–72). Sin embargo, debido a sus cualidades formales, dicho emblema resultaba poco funcional cuando una de las premisas fundamentales del encargo consistía en que el logotipo remitiera a uno de los pilares conceptuales de la entidad a representar: la idea de red.
Fue así que, en la búsqueda de referentes iconográficos alternativos, surgió la consideración de otro signo de notable profusión en el arte huasteco posclásico, igualmente vinculado al acto de la creación y a la estructuración del cosmos: el entrelace, también conocido en náhuatl como ollin, “movimiento”.
La presencia del signo del entrelace en la Huasteca puede rastrearse, al menos, hasta momentos correspondientes al Preclásico Tardío (ca. 400 a.C.–200 d.C.). Como tal, ha sido identificado en un disco de piedra verde procedente de la aldea costera de Chak Pet, en Altamira, Tamaulipas, así como en el Monumento 32 de Tamtok. En este último caso, el signo aparece asociado a dos figuras femeninas decapitadas, de cuyos cuellos emergen sendos chorros de sangre —o, más propiamente, de líquido precioso— que se organizan en una suerte de retícula de apariencia romboidal. Dicha estructura es atraída y controlada por el personaje central del monolito, quien desempeña la función de eje cósmico.
Como puede observarse, esta figura central presenta en brazos y tobillos una incisión recta acompañada por dos trazos en zigzag. Propongo interpretar este motivo como la representación de una mutilación de cualidad iridiscente cuya distribución cuatripartita remite al acontecimiento genésico primordial: la ruptura del Monte Sagrado y la subsecuente dispersión de los postes cósmicos que definen los cuatro rumbos del mundo (López Austin 2009: 25–44). De este modo, el Monumento 32 de Tamtok constituye una evidencia arqueológica temprana de la incorporación huasteca a un horizonte conceptual compartido con otros pueblos mesoamericanos, basado en una concepción cuatripartita del cosmos y en la noción de sacrificio creador (figura 1).

El seguimiento iconográfico del diseño del entrelace conduce, de manera casi inevitable, al ámbito olmeca, donde se registra su presencia temprana y su posible origen conceptual en el artefacto de la cuerda y en las operaciones de amarre que esta posibilita. Un ejemplo particularmente elocuente es la estatuilla de Río Pesquero (ca. 900–350 a.C.), en la cual el motivo aparece como parte de un arreglo nuevamente cuatripartito, conformado por un par de muñequeras y tobilleras que porta un personaje ataviado con el tocado del dios del maíz (Taube 2004: 107) (figura 2). Figura 2. Estatuilla de Río Pesquero (según Taube 2004, fig. 48).

Otra obra olmeca relevante, aunque en ella no se represente explícitamente el signo del entrelace, es el Altar 4 de La Venta (ca. 900–400 a.C.). En este monumento se observa a un personaje sedente al interior de una oquedad, quien sostiene con la mano derecha una cuerda que encuentra continuidad conceptual en la extensión visual de la pierna derecha, la cual, a su vez, es tomada por la mano izquierda. La cuerda rodea el nicho del monolito y aparece decorada con cuatro elementos fitomorfos que han sido interpretados como posibles alusiones al maíz. En términos generales, el Altar 4 presenta al ancestro mítico olmeca como una figura que emerge del interior del Monte Sagrado y que, simultáneamente, ejerce dominio sobre la estructura cósmica, delineada mediante las cuerdas que circunscriben el monumento (Grove 1973) (figura 3).

En el Monumento 32 de Tamtok pueden reconocerse varios de estos principios plásticos y conceptuales: la centralidad de la figura antropomorfa, su ubicación en una oquedad, la concepción cuatripartita del cosmos y el tratamiento de los chorros de líquido precioso como si se tratara de cuerdas, artefactos cuyo origen simbólico se vincula al cuello cercenado y, por extensión, al motivo del entrelace. En este sentido, el personaje central del monumento —recientemente identificado por Galindo (2025: 20) como una posible representación del dios teenek del trueno, Muxi’— se manifiesta como una entidad creadora, asociada al sacrificio por decapitación y al levantamiento de lo que estimo corresponde al planeta Venus, figurado mediante dos elementos aserrados de cinco puntas que son elevados por las entidades femeninas decapitadas. Cabe subrayar que estas figuras aserradas mantienen una relación directa con el signo del entrelace, lo que refuerza su carga simbólica asociada al movimiento de los cuerpos celestes y a la conformación de la estructura cósmica, concebida como una red o tejido de cuerdas interconectadas (figura 1).
Durante la época Clásica (ca. 200–900 d.C.), el signo del entrelace y su relación conceptual con la cuerda se expresaron también como elementos asociados al juego de pelota, práctica ritual que simbolizaba, a grandes rasgos, la activación de la dinámica cósmica mediante la confrontación de opuestos complementarios (vida/muerte, día/noche, frío/calor). En la Estela de Tepatlaxco, Veracruz, el entrelace se localiza a la altura del ombligo del jugador, funcionando como referencia visual a la sujeción del yugo, elemento de piedra empleado para golpear la pelota de hule (figura 5 a).
Otra imagen significativa de este periodo es aquella producida en el Centro de Veracruz en la que se habría representado a Quetzalcóatl como una entidad cuyo cuerpo está conformado por un par de serpientes entrelazadas que enmarcan su rostro y su característico joyel del viento, símbolo estrechamente vinculado al planeta Venus. Esta asociación recuerda de manera notable la planteada en el Monumento 32 de Tamtok, tanto en términos formales como conceptuales (figura 5 b).


Durante la época Posclásica (ca. 900–1521 d.C.), el pueblo teenek continuó empleando el signo del entrelace en asociación directa con el planeta Venus, entendido como el cuerpo celeste ligado a la aparición del Sol por el oriente. En este contexto, una variante del ollin aparece representada de forma recurrente en cerámica y escultura, particularmente en la base de otro artefacto de enorme relevancia simbólica: el mamalhuaztli o encendedor de barrena.
Este dispositivo, utilizado para generar el fuego mediante la fricción de una barra vertical sobre una tabla horizontal, desempeñaba un papel central en uno de los rituales más trascendentes del calendario indígena: el encendido del fuego nuevo que inauguraba el ciclo de 52 años. Dicho fuego era encendido sobre el pecho de un individuo sacrificado y posteriormente distribuido a las comunidades para ser resguardado en el fogón doméstico. El fracaso de este ritual implicaba, según la cosmovisión indígena, el fin del tiempo y la irrupción de las tinieblas. Así, el fuego generado y la noción de movimiento cósmico expresada por el signo ollin se vinculan directamente con el evento de la aurora, es decir, con la salida del Sol-Fuego por el oriente (figura 6).

En síntesis, el entrelace constituye el nodo fundamental de la retícula cósmica y simboliza la fuerza vital que impulsa el movimiento universal, una energía comparable a la sístole del corazón y a la proyección del líquido vital hacia los cuatro rumbos del mundo. Para los teenek posclásicos, este signo representó también el giro indispensable para la obtención del fuego primordial. En el pensamiento mexica, Quetzalcóatl —deidad civilizadora que entrega el fuego y el conocimiento a la humanidad— presenta atributos que lo vinculan estrechamente con el ámbito huasteco, precisamente porque de esa región habría obtenido su capacidad sustractora del fuego, elemento asociado a las artes y al saber.
Bajo estas consideraciones, el motivo del entrelace se propone como una síntesis visual del quehacer y la misión de la Red de Estudios de la Huasteca: un nodo que articula el conocimiento, una figura que remite a la pulsión vital que articula y dinamiza el trabajo colectivo de creación, intercambio y renovación del conocimiento científico en las humanidades (figura 7).

Referencias bibliográficas
• Galindo Trejo, Jesús2025. Tamtok y la cosmovisión huasteca: nuevas lecturas iconográficas. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia.
• Grove, David C.1973. “Olmec Altars and Their Meaning.” Journal of New World Archaeology 1 (1): 1–27.
• López Austin, Alfredo2009. La cosmovisión mesoamericana. México: Fondo de Cultura Económica / UNAM.
• Miller, Mary Ellen, y Karl A. Taube.1993. The Gods and Symbols of Ancient Mexico and the Maya: An Illustrated Dictionary of Mesoamerican Religion. Londres y Nueva York: Thames & Hudson.
• Miller, Mary Ellen, y Karl A. Taube.1993. The Gods and Symbols of Ancient Mexico and the Maya: An Illustrated Dictionary of Mesoamerican Religion. Londres y Nueva York: Thames & Hudson.• Seler, Eduard1967. Gesammelte Abhandlungen zur amerikanischen Sprach- und Altertumskunde. Vol. 1. Graz: Akademische Druck- und Verlagsanstalt.
• Seler Sachs, Caecilie, y Eduard Seler.1916. “Die Huaxteca Sammlung des kgl. Museums für Völkerkunde zu Berlin.”Baessler Archiv. Beiträge zur Völkerkunde, vol. 5, núms. 1–2. Berlín: Verlag von Georg Reimer.
• Taube, Karl A.2004. Olmec Art at Dumbarton Oaks. Washington, D.C.: Dumbarton Oaks Research Library and Collection.