«EDUCAR NO ES SOLO ENSEÑAR, EL RESPETO TAMBIÉN SE APRENDE EN LA ESCUELA»

Profr. Marcelino H. Martínez

La educación no puede medirse únicamente por las calificaciones, los conocimientos adquiridos o los contenidos que un estudiante logra aprender. También debe valorarse por la manera en que se relaciona con los demás, respeta las normas de convivencia y asume la responsabilidad de sus actos.

Durante mucho tiempo, la escuela ha sido reconocida no solamente como un espacio para aprender matemáticas, ciencias y lenguaje, sino también como un lugar donde se fortalecen los valores que permiten vivir en sociedad. Sin embargo, hoy vale la pena preguntarnos: ¿estamos dando a la formación humana la misma importancia que al aprendizaje académico?

Saludar, agradecer, pedir las cosas con cortesía, escuchar cuando alguien habla, respetar a los compañeros y reconocer la autoridad del maestro no son prácticas anticuadas. Son expresiones de educación que reflejan principios fundamentales para construir una convivencia sana.

El respeto no debe ser una asignatura olvidada, sino una práctica cotidiana.

Hablar de disciplina tampoco significa regresar a los métodos autoritarios ni justificar castigos que lastimen la dignidad de los estudiantes. Significa establecer límites claros, fomentar la puntualidad, fortalecer el autocontrol y enseñar que toda acción tiene consecuencias. La autoridad educativa debe ejercerse con firmeza, pero también con justicia, diálogo y comprensión.

No obstante, sería injusto depositar toda esta responsabilidad en los docentes. La educación de los hijos comienza en el hogar, donde aprenden de las palabras, pero sobre todo de las conductas de los adultos. Difícilmente podremos exigir respeto a nuestros jóvenes si en casa prevalecen los gritos, las descalificaciones o la falta de consideración hacia los demás.

Por ello, familia y escuela necesitan caminar en la misma dirección. Los padres deben acompañar la formación de sus hijos, mientras que las instituciones educativas requieren respaldo para promover reglas de convivencia y atender oportunamente las conductas que afectan el ambiente escolar.

El propósito no es formar estudiantes sumisos, sino personas conscientes de sus derechos y obligaciones, capaces de expresar sus ideas sin agredir, resolver diferencias sin violencia y comprender que la libertad también implica responsabilidad.

Una sociedad puede contar con grandes profesionistas, avances tecnológicos y estudiantes con excelentes resultados académicos; pero si carece de ciudadanos que sepan convivir, escuchar y respetar la dignidad humana, seguirá teniendo una tarea pendiente.

La educación alcanza su verdadero sentido cuando el conocimiento se acompaña de valores y el aprendizaje se refleja en nuestra manera de tratar a los demás.

Quizá sea tiempo de revisar nuestras prácticas educativas, no para buscar culpables, sino para recuperar aquello que nunca debimos dejar de fortalecer ,el respeto, la responsabilidad, la disciplina consciente y los buenos modales.

Porque enseñar a leer, escribir y razonar es indispensable; enseñar a respetar y convivir también lo es.

¿Estamos formando jóvenes que únicamente sepan competir y destacar, o también personas capaces de respetar, comprender y contribuir al bienestar de los demás?

La respuesta no corresponde solamente a las escuelas. Es una tarea compartida entre las familias, los docentes y la sociedad.

#soylavozdelosmaestros