Por Adrián García Reyes
Febrero 04, 2026
Cada febrero, el calendario se llena de flores, chocolates y promesas envueltas en celofán. Y, como ocurre en cada temporada “especial”, el capitalismo ajusta su engranaje y despliega su ofensiva: ya no se limita a vender productos, genera deseo, fabrica urgencia y administra culpa. Amar se convierte en sinónimo de comprar; demostrar afecto, en gastar; endeudarse, en prueba de compromiso.
Lo que se presenta como celebración íntima termina siendo un nuevo ciclo de consumo inducido que llega cuando millones de hogares aún no se recuperan del golpe financiero de diciembre. El “Día del Amor y la Amistad” no inaugura un nuevo momento económico: prolonga la resaca del endeudamiento.
No es un problema de romanticismo. Es un problema estructural.
En México, el crédito al consumo alcanzó en 2025 alrededor de 1.8 billones de pesos, con un crecimiento anual cercano al 8.8%, según cifras del Banco de México. Sin embargo, este aumento se concentra en tarjetas de crédito, préstamos personales y créditos de nómina: mecanismos diseñados para convertir ingresos futuros en consumo presente.
Diciembre eleva la deuda. Febrero la reactiva.
La ecuación es conocida: compras inmediatas, pagos prolongados. El resultado es una presión creciente sobre los presupuestos familiares y una disminución constante de la capacidad de enfrentar cualquier imprevisto. Mientras el sistema financiero y las grandes cadenas reportan ventas récord, los hogares acumulan compromisos.
Y hay otro efecto menos visible. Cuando el consumo se concentra en corporaciones, el dinero abandona rápidamente los territorios, no circula; no se reinvierte localmente; no fortalece economías cercanas. Por eso, tras las temporadas de alto gasto, quienes primero resienten la caída del consumo son los pequeños negocios.Aquí es indispensable hacer una distinción: no todo consumo es igual, no todo peso genera el mismo impacto.
En México, las micro, pequeñas y medianas empresas representan más del 95% de las unidades económicas y generan alrededor del 70% del empleo formal, de acuerdo con la Secretaría de Economía. Son las tienditas, fondas, mercados, florerías familiares, papelerías, talleres y pequeños servicios los que sostienen la vida económica cotidiana.
Sin embargo, en “fechas especiales” como el 14 de febrero, una proporción creciente del gasto se dirige hacia grandes cadenas, franquicias y plataformas digitales donde el dinero entra y sale, no se queda ni construye comunidad. Por eso, consumir localmente no es un gesto simbólico, es una decisión económica racional.
Cada peso gastado en un negocio local circula más tiempo dentro de la comunidad, sostiene empleos cercanos, reduce la fuga de recursos y amortigua la caída económica posterior a las temporadas de alto consumo.
Amar, en este contexto, también implica elegir dónde se gasta.
Reducir el impacto de la prolongación de la cuesta de enero exige romper con la inercia del consumo inducido y reorientar el gasto hacia lo esencial y lo cercano. No se trata de dejar de celebrar, sino de dejar de hipotecar el ingreso.
Comprar con conciencia material: mercados locales, pequeños productores, servicios del barrio; a diferencia del consumo corporativo —que maximiza ganancias y minimiza responsabilidades— el consumo local redistribuye valor, fortalece circuitos económicos regionales y crea un círculo virtuoso: ingresos que regresan en forma de empleo, servicios y cierta estabilidad.
Así, el consumo local adquiere una dimensión política concreta: permite que el salario rinda más, reduce la dependencia del sistema financiero y limita la transferencia constante de riqueza hacia grandes corporaciones.
Decir que consumir localmente es una forma de resistencia económica silenciosa no es exageración ni utopía, es práctica cotidiana.
No hablamos de austeridad punitiva. Se trata de cuidado: cuidar el ingreso, cuidar el trabajo, cuidar la economía que sostiene la vida diaria.
Los verdaderos gigantes no son las marcas que saturan la publicidad ni los bancos que convierten el afecto en mercancía. Son las personas que abren su pequeño negocio cada mañana, las familias que sostienen economías barriales y las comunidades que entienden que el bienestar no se compra a meses sin intereses.
Si México quiere romper el ciclo de endeudamiento estacional, el camino no pasa solo por ganar más. Pasa por gastar mejor.
Porque el amor no debería endeudar y celebrar no debería empobrecer.
Y porque, una vez más, solo a hombros de gigantes cotidianos podremos mirar más lejos.