Por: Disidente
Diciembre 12,2025
En México, estamos acostumbrados a que los programas sociales lleguen envueltos en discursos de justicia, pero terminan dejando un rastro de consecuencias silenciosas. Jóvenes Construyendo el Futuro es quizá el mejor ejemplo de cómo una política pública puede nacer con la promesa de “incluir”, pero terminar desfigurando las reglas básicas del mercado laboral.
Tomemos un caso concreto: una panificadora local. Antes, este negocio contrataba a 8 auxiliares de producción con un salario formal de alrededor de $12,000 a
$15,000 mensuales, dependiendo de la zona económica, además de prestaciones, IMSS, vacaciones, aguinaldo y todo lo que la ley obliga. Pero el programa aparece y trae bajo el brazo algo irresistible: aprendices que cuestan cero pesos en nómina, cero pesos en seguridad social, cero pesos en prestaciones y cero pesos en obligaciones patronales.
El joven, por su parte, recibe $9,582 del gobierno, produzca o no produzca, aprenda o no aprenda.
¿Y qué hace la empresa? Lo lógico: sustituye puestos reales por mano de obra gratuita. Cada aprendiz es un ahorro. Cada empleado formal es un gasto.
Pero este cálculo empresarial, racional en lo individual, es devastador en lo colectivo. Cuando suficientes empresas empiezan a operar así, ocurre lo inevitable: menos vacantes reales, menores salarios, menos competencia por talento, menos crecimiento profesional. El mercado deja de premiar la productividad y empieza a
premiar la gratuidad. Y ese cambio de incentivos destruye la columna vertebral del empleo formal.
Paradójicamente, se dice que el programa “ayuda” a los jóvenes, pero en realidad los condena a un mercado laboral debilitado, sin plazas estables y con empresas que ya no tienen motivo para contratar, porque el Estado les regala aprendices. Mientras tanto, los 25 mil millones de pesos anuales que financian este modelo salen del bolsillo del trabajador que sí madruga, sí produce y sí paga impuestos.
Lo más preocupante es el mensaje cultural que se instala: trabajar es cobrar del Estado, no crear valor. Esa es la distorsión más peligrosa. La economía real no funciona con empleo simulado; funciona con productividad, capacitación y esfuerzo.
Un país no se construye regalando plazas ficticias, sino fortaleciendo la creación de empleos reales. Y cuando un gobierno convierte la beca en sustituto del trabajo, no está creando un futuro para los jóvenes: está hipotecando el de todos.