Dr. Jaime Chalita Zarur.
Hay momentos en la historia de los pueblos donde las tiranías se despojan de las pocas máscaras que les quedaban.
La reciente declaración de Daniel Ortega en Nicaragua, al decretar de forma abierta o fáctica que no volverá a haber elecciones, no es una sorpresa, pero sí marca un punto de no retorno: el paso definitivo de un autoritarismo con fachada institucional, a una dictadura absoluta, descarada y perpetua.
Lo que en su momento nació bajo la narrativa revolucionaria de la liberación se ha degenerado en el capricho patrimonial de una familia. Para la pareja gobernante —Daniel Ortega y Rosario Murillo— la democracia dejó de ser un ideal para convertirse en un obstáculo.
El régimen nicaragüense ha rebasado los límites de las dictaduras tradicionales de la región. No solo clausuró el espacio político; arrasó con la sociedad civil, encarceló y desterró a opositores, clausuró universidades, censuró a la prensa independiente y persiguió violentamente a la Iglesia Católica.
Cuando un gobernante declara que «no habrá más elecciones», está admitiendo de forma explícita dos cosas: Perdió la legitimidad popular: Sabe perfectamente que en las urnas no tiene posibilidad alguna de ganar de manera limpia.. Confunde el Estado con su patrimonio personal: Asume que el destino de una nación entera le pertenece por derecho propio.
«La cancelación de los votos no es un acto de fuerza, sino la máxima confesión de debilidad de quien no puede sostenerse sin las armas.»
«La enajenación populista se convirtió en el,dogma del delirio.ahí es a donde apuntan los populistas que gozan del esfuerzo del pueblo. El verdadero peligro de las etapas tardías del poder autoritario radica en la enajenación populista. El régimen de Managua vive en un microcosmos paralelo alimentado por su propia propaganda, donde cualquier manifestación de descontento es catalogada de «traición a la patria» o «complot imperialista». ¿Se parece algo que nos sucede?
Esta desconexión de la realidad se manifiesta en: El mesianismo político: La convicción de que solo la dinastía Ortega-Murillo que representa la “voluntad del pueblo», anulando al pueblo real que sufre la represión y la crisis económica.
El cinismo del discurso: Hablar de «paz y amor» mientras se despoja de la nacionalidad a cientos de ciudadanos y se confiscan sus bienes. La paranoia institucional: La necesidad ininterrumpida de crear enemigos internos para justificar el control social coercitivo.
El futuro de Nicaragua y la complicidad regional.
El anuncio del fin del juego electoral formaliza el secuestro de la soberanía popular. La gran interrogante ya no es qué hará Ortega para mantenerse en el poder, pues ha dejado claro que usará toda la violencia estatal necesaria, sino, hasta cuándo el mundo y la región mantendrán la tibieza diplomática.
El populismo radicalizado, cuando alcanza el nivel de enajenación donde se autoasigna la eternidad, solo deja tras de sí ruina, éxodo masivo y fractura social.
La historia ha demostrado repetidamente que ningún régimen que le declare la guerra a la libertad de su propio pueblo es eterno, por más que hoy promulgue lo contrario desde la soberbia de su búnker.
Nicaragua no le pertenece a una dinastía; le pertenece a los millones de nicaragüenses a quienes hoy se les pretende robar, de forma definitiva, el derecho a elegir su propio futuro.
México ha terminado con los órganos autónomos. La autoridad electoral, casi ha desaparecido. ¿Tu qué harás?
@jaimechalita