Profr. Marcelino H. Martínez
Abril 5, 2026
La lucha por el poder no es nueva. Ha existido siempre, en todos los tiempos y en todas las sociedades.
Sin embargo, lo que hoy preocupa no es su existencia, sino su verdadera intención. La pregunta ya no es quién quiere llegar, sino para qué quiere llegar.
Durante años, el discurso ha sido el mismo, servir al pueblo, mejorar las condiciones de vida, construir un mejor país o una mejor ciudad. Pero la realidad que perciben muchos ciudadanos es muy distinta.
En no pocos casos, el poder ha dejado de ser una responsabilidad para convertirse en un privilegio, en una herramienta de control o en un medio para beneficio personal o de grupo.
Hoy se observa una estrategia cada vez más clara, generar dependencia. Programas sociales que, si bien pueden ser necesarios, también son utilizados como mecanismos de control político; redes sociales convertidas en espacios de propaganda constante; narrativas diseñadas no para informar, sino para influir y dividir.
No se trata de descalificar, sino de entender que cuando la ayuda se condiciona o se politiza, deja de ser apoyo y se convierte en instrumento.
A esto se suma un fenómeno aún más delicado, la polarización.
La sociedad ha sido fragmentada,se ha sembrado la idea de que solo existen dos bandos, dos verdades, dos caminos.
Y en medio de esa división, se pierde lo esencial, el diálogo, el respeto y la construcción colectiva.
Un país o ciudad dividida difícilmente avanza.
Pero si algo ha encendido aún más la preocupación ciudadana es el deterioro del discurso público. Hoy, quienes ostentan cargos de autoridad, en muchos casos, han normalizado el lenguaje agresivo, las descalificaciones y las expresiones inapropiadas.
No es un tema de sensibilidad, es un tema de ejemplo. Porque cuando el respeto desaparece desde arriba, se erosiona desde abajo.
La ciudadanía ya no es la misma de antes. Está informada, observa, compara y, sobre todo, se cansa. Se cansa de promesas que no se cumplen, de discursos que ilusionan pero no transforman, de liderazgos que hablan de cambio mientras repiten viejas prácticas.
Lo que hoy exige la gente no es perfección, sino honestidad, resultados y congruencia.
Porque la realidad es clara, ningún país o ciudad puede aspirar al progreso mientras la corrupción siga siendo tolerada, mientras el poder se utilice para dividir o mientras el interés personal esté por encima del bien común.
El poder no debería ser una meta, sino una responsabilidad. No debería ser un premio, sino un compromiso. Y quién no entienda esa diferencia, no está listo para ejercerlo.
Cuando el poder se usa para manipular, dividir o enriquecerse, deja de ser gobierno… y se convierte en abuso.
Y eso, tarde o temprano, la sociedad lo cobra.