«EL PODER NO ES PROPIEDAD DE NADIE»

Profr. Marcelino H. Martínez

Hay algo que la ciudadanía ha comenzado a entender con mayor claridad, el poder político no es propiedad de quien lo ocupa; es una responsabilidad que el pueblo concede temporalmente.

Quién llega a un cargo de elección popular recibe algo mucho más importante que una oficina, un presupuesto o una posición pública, recibe la confianza de la gente.Y esa confianza no es un cheque en blanco.

El ciudadano espera que quién gobierna sirva, escuche, resuelva, legisle con responsabilidad y utilice los recursos públicos para mejorar la vida de la sociedad. Por eso resulta doloroso cuando las promesas de campaña se quedan en discursos y la realidad termina siendo distinta a lo que se ofreció.

No se trata de decir que todos los políticos son iguales. Tampoco de señalar nombres sin pruebas. Se trata de hablar de una preocupación que existe y que los propios datos oficiales permiten dimensionar.

La Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2025, del INEGI, señala que 84.1% de la población consideró frecuentes los actos de corrupción. Además, entre quienes realizaron trámites, pagos, solicitaron servicios públicos o tuvieron contacto con alguna autoridad durante 2025, 15.6% manifestó haber experimentado actos de corrupción. El costo estimado de estos actos fue de 17 mil 707.4 millones de pesos, equivalente a un promedio de 3 mil 865 pesos por víctima.

Los números no son una acusación contra todos los servidores públicos. Son, más bien, una llamada de atención que nadie debería ignorar.Porque una cosa es hacer política y otra muy distinta es utilizar el poder para beneficio personal.

Una cosa es ejercer la crítica y otra hacer grilla. La crítica responsable busca corregir; la grilla busca dividir.

Por eso la ciudadanía debe aprender también a distinguir entre el discurso político y los resultados. Ya no debería ser suficiente una cara conocida, una fotografía, un discurso bien pronunciado o una promesa repetida hasta el cansancio.

Hay que preguntar….¿Qué hizo?¿Qué cumplió?¿Qué resultados entregó?¿Cómo ejerció los recursos públicos?¿Escuchó a la gente?¿Rindió cuentas?¿Sus decisiones beneficiaron a la mayoría?

Porque el voto no debería entregarse solamente por simpatía, amistad, colores partidistas o discursos emotivos.

El voto es una decisión ciudadana y también una responsabilidad.

México ha vivido alternancias políticas porque la sociedad, en diferentes momentos, ha considerado necesario cambiar el rumbo. Pero la alternancia, por sí sola, tampoco garantiza que desaparezcan los problemas.

Cambiar de partido, de colores o de personajes no basta si permanecen las mismas prácticas.

El verdadero cambio comienza cuando la sociedad deja de conformarse y aprende a evaluar a quienes reciben su confianza.

Y aquí está uno de los grandes retos de nuestra democracia, no permitir que la inconformidad termine convirtiéndose en odio entre ciudadanos.

No necesitamos pueblos enfrentados.No necesitamos insultos.No necesitamos polarización, necesitamos ciudadanos despiertos.

Ciudadanos capaces de reconocer los aciertos de un gobierno, pero también de señalar sus errores.

Ciudadanos que no tengan miedo de preguntar dónde está el dinero, qué se hizo con él y cuáles fueron los resultados.

Gobernar no significa solamente ocupar el poder.Gobernar significa responder ante quienes lo otorgaron ese poder.

Si los ciudadanos de a pie se organizan, participan y exigen cuentas, la democracia adquiere verdadera fuerza.

No para derribar a nadie por capricho.No para perseguir a quien piensa diferente.

Sino para recordar una verdad elemental, el poder viene del pueblo y debe regresar al pueblo en forma de obras, servicios, justicia, oportunidades, seguridad y bienestar.

Por eso, de cara al futuro, la sociedad debe repensar su manera de votar.

Ya no más confiar únicamente en quien habla bonito.

Ya no más creer solamente en quien promete soluciones mágicas.

Ya no más entregar un voto sin conocer la trayectoria, las propuestas y los resultados de quienes aspiran a gobernar o legislar.

La ciudadanía tiene que pasar de espectadora a protagonista.

Una democracia fuerte no se construye únicamente el día de las elecciones. Se construye todos los días, vigilando, participando, informándose y exigiendo que las instituciones funcionen.

Y quizá ésta sea la reflexión que más debemos llevarnos…

«El pueblo no debe tener miedo al poder; el poder debe recordar siempre que le debe cuentas al pueblo «.

No se trata de destruir se trata de corregir no se trata de dividir,se trata de unir.

No se trata de gritar más fuerte.Se trata de pensar mejor.

Una sociedad debe aprender a mirar críticamente, a exigir resultados y a ejercer su voto con responsabilidad, ningún discurso puede sustituir a los hechos.

El poder se otorga con el voto, se honra con resultados y se conserva únicamente con la confianza ciudadana.

Y esa confianza se pierde, corresponde al ciudadano, dentro de las reglas democráticas, decidir nuevamente en quién depositarla.

Una real democracia para el pueblo.