Dr. Jaime Chalita Zarur.
La política contemporánea ha adoptado la dinámica del espectáculo deportivo más ciego, donde los colores del club importan más que la calidad del juego.
Cuando la simpatía hacia un partido deja de ser una elección consciente para convertirse en una adscripción identitaria dogmática, el ciudadano abdica de su rol crítico y pasa a actuar como un simple militante incondicional. Esta idolatría partidista encuentra su alimento más tóxico en el fenómeno de las campañas permanentes, un modelo donde las maquinarias electorales operan sin tregua, vulnerando sistemáticamente los tiempos oficiales que la ley establece para la contienda. ¿La autoridad electoral? Ausente. ¿Por interés, por miedo, por cooperar y con quién?
El problema de las campañas fuera de tiempo no es únicamente un asunto técnico de equidad o de presupuesto; es un fenómeno profundamente cultural. Al adelantar los procesos mediante estratagemas burdas —slogans disfrazados de informes de gestión, espectaculares «informativos» y actos públicos saturados de simbología electoral— los actores políticos imponen un clima de confrontación continua en la ciudadanía y, entre los interesados.
El debate prioritario sobre la administración eficiente, la seguridad o los servicios públicos queda sofocado por la urgencia del marketing diario y la necesidad obsesiva de posicionar rostros, claramente con dueños.
Esta dinámica exige una lealtad ciega y sin fisuras. El votante que idolatra no juzga resultados ni exige cuentas; su función se reduce a defender las contradicciones de su bando y justificar sus deficiencias con tal de no dar tregua al adversario.
Bajo esta lógica, la rendición de cuentas desaparece pr completo: los desaciertos de la gestión pública se reinterpretan rápidamente como ataques de la oposición, y las propuestas concretas son sustituidas por discursos emotivos pensados exclusivamente para aglutinar al propio grupo.
Transformar la política en una religión de partido devasta la madurez democrática, si es que aún quedan vestigios de ello, en una sociedad. Cuando los funcionarios dedican el tiempo de sus encomendados a preparar la siguiente victoria electoral en lugar de resolver las necesidades colectivas, la estructura del Estado se convierte en un mero escenario publicitario financiado con recursos comunes, es decir, con dinero de quienes pagamos impuestos.
La verdadera fuerza de una ciudadanía respetable radica en mantener siempre una distancia crítica frente al poder, entendiendo que los partidos son herramientas transitorias al servicio del bien común y, no de quienes operan las franquicias igualmente, jamás objetos de culto.
@jaimechalita