Profr. Marcelino H. Martínez
Ciudad Valles merece respeto, no un circo permanente
La política puede ser apasionada. Puede ser dura, incómoda y profundamente crítica. Una democracia sana necesita voces que cuestionen al poder, que denuncien errores y que exijan cuentas a quienes gobiernan. El problema comienza cuando la crítica deja de ser una herramienta para construir y se convierte en un espectáculo de insultos, gritos y humillaciones públicas.
En Ciudad Valles hemos visto durante años la presencia de un personaje que ha hecho de la confrontación su principal bandera, José Luis Romero Calzada, conocido como “El Tecmol”. Más allá de simpatías o rechazos personales, vale la pena reflexionar con serenidad sobre lo que representa su forma de hacer política y sobre el impacto que puede tener en la cultura cívica de nuestro municipio.
No se trata de negar su derecho a participar en la vida pública. Todo ciudadano tiene derecho a expresar sus ideas, aspirar a un cargo y criticar a las autoridades. Lo preocupante es el método. Cuando la política se reduce a transmisiones llenas de gritos, palabras altisonantes, ofensas personales y actitudes agresivas hacia funcionarios, ciudadanos e incluso mujeres, ya no estamos ante un debate democrático; estamos ante una degradación del espacio público.
Durante seis años, gran parte de su presencia mediática ha girado alrededor de la descalificación constante. El insulto se volvió rutina y la burla sustituyó al argumento.
La ocurrencia reemplazó a la propuesta, y aunque ese estilo puede generar atención inmediata en redes sociales, conviene preguntarnos algo más importante …¿la popularidad momentánea puede confundirse con capacidad para gobernar?
Las redes sociales premian el escándalo, un video ofensivo puede alcanzar miles de reproducciones en minutos. Pero una ciudad no se administra con reproducciones, likes o carcajadas pasajeras. Gobernar exige equilibrio emocional, respeto institucional, capacidad de diálogo y responsabilidad en el uso de la palabra.
Ciudad Valles claro que enfrenta problemas reales,
Frente a esos desafíos, resulta legítimo preguntarse qué aporta una política basada en la provocación permanente.
Especialmente delicado es el mensaje que reciben niños y jóvenes. Cuando una figura pública normaliza las groserías, las señales obscenas, las humillaciones y la falta de respeto hacia los demás, se corre el riesgo de transmitir la idea de que la agresividad es una forma válida de liderazgo. Y eso es peligroso para cualquier sociedad.
También duele observar actitudes de burla hacia la gente del campo y las comunidades. La Huasteca potosina tiene raíces profundamente campesinas. Nuestros productores, ejidatarios y habitantes de las comunidades no son material para el espectáculo ni personajes secundarios de un show político.
Son parte esencial de la identidad y la economía de esta región. Quien aspire a gobernar debe honrar esa dignidad, no ridiculizarla.
Algunos dirán que su estilo es “popular”, que habla “como la gente”. Pero hablar como la gente no significa perder la educación ni el respeto.
El pueblo huasteco sabe ser alegre, directo y crítico, pero también conoce el valor de la palabra honesta, del saludo respetuoso y de la convivencia civilizada.
Tal vez por eso muchos ciudadanos empiezan a percibir un desgaste en esa forma de hacer política. El escándalo tiene un límite. La estridencia cansa. La ofensa repetida termina perdiendo fuerza y revela algo preocupante, y si un político necesita gritar cada vez más para seguir siendo escuchado, quizá el problema ya no es la sociedad, sino el vacío de sus propuestas.
Esta reflexión no pretende convertirse en un ataque personal ni en una defensa automática de las autoridades en turno. Los gobiernos deben ser vigilados y cuestionados con firmeza. Pero la firmeza no exige vulgaridad; la valentía no necesita humillaciones; la crítica no requiere perder la dignidad.
Ciudad Valles está llamada a algo mejor. Merece una política donde las diferencias se discutan con ideas, donde los candidatos presenten soluciones y donde el respeto sea una condición mínima para aspirar a representar a los demás.
La pregunta final no es solamente qué tipo de político es José Luis Romero Calzada. La pregunta verdaderamente importante es:
¿Qué tipo de liderazgo queremos premiar como sociedad?
Si premiamos el insulto, tendremos más insultos.
Si premiamos el espectáculo, tendremos más circo.
Pero si exigimos respeto, propuestas y altura moral, entonces quizá podamos construir una Ciudad Valles más madura, más unida y más digna para las futuras generaciones.
Porque una ciudad no se engrandece por quien grita más fuerte, sino por quien es capa de servir con respeto, dialogar con inteligencia y gobernar con responsabilidad.