«Hay candidatos… y hay gobernantes»

Profr. Marcelino H. Martínez

Enero 17, 2026

Hay una diferencia que muchos ciudadanos ya aprendieron a reconocer, no todo candidato está hecho para gobernar, y no todo gobernante estuvo a la altura de lo que prometió.

La experiencia reciente lo confirma. Quienes hoy ejercen el poder, en muchos casos, han quedado a deber.

Quedaron a deber resultados, coherencia y, sobre todo, respeto a la inteligencia ciudadana.

Durante las campañas se nos ofrecieron discursos reciclados de transformación, progreso y esperanza. Palabras grandes, emociones bien calculadas y promesas que ilusionaron.

Sin embargo, el tiempo que siempre cobra factura ha demostrado que no todos supieron, quisieron o pudieron cumplir.

Algunos actores lograron avances parciales, es cierto, pero otros simplemente se diluyeron entre la improvisación, la simulación y el olvido de sus compromisos.

Y ahora, rumbo a lo que viene en 2027, aparece una nueva camada de aspirantes, nuevamente cargada de discursos emotivos, frases seductoras y promesas que suenan bien al oído. ¿Serán ciertas esta vez? ¿Llegarán a convertirse en realidad? La moneda está en el aire, pero la responsabilidad ya no puede recaer solo en quien promete, sino también en quien elige.

Porque hay algo aún más preocupante, los personajes que llevan años en campaña permanente, aquellos que creen que la política es gritar más fuerte, insultar mejor o agredir sin consecuencias. Con respeto, pero con claridad, sería un retroceso elegir como gobernantes o legisladores a personas que normalizan la grosería, el lenguaje violento y la falta total de educación.

Ese tipo de conductas no solo empobrecen el debate público, sino que dejan un pésimo ejemplo para jóvenes y niños.

Un pueblo no puede aspirar al progreso si es dirigido por quienes hablan desde el rencor, la vulgaridad o la agresión.

La boca también gobierna, porque de ella salen ideas, decisiones y mensajes que construyen o destruyen tejido social. Y vaya que los hay, personajes a los que nadie les pone freno y de quienes, lamentablemente, solo emana confrontación y maldad.

Por eso hoy más que nunca, el llamado es a la reflexión ciudadana. A dejar de votar por impulso, por simpatía o por costumbre. A analizar trayectorias, formas de conducirse, valores y capacidades. Elegir bien no es un acto menor: es una responsabilidad histórica.

Aún hay tiempo. Tiempo para observar, cuestionar y decidir con criterio. Porque hay candidatos… pero muy pocos están realmente preparados para gobernar y conducir a un municipio o a un estado hacia el verdadero progreso. La decisión, al final, sigue estando en manos de la ciudadanía.

Y de esa decisión dependerá mucho más que una elección, dependerá el rumbo de nuestra comunidad.