Profr. Marcelino H. Martínez
Abril 13, 2026
A lo largo de la historia, el ser humano ha demostrado una capacidad extraordinaria para construir, innovar y transformar su entorno.
Sin embargo, esa misma inteligencia que lo distingue de otras especies parece, paradójicamente, conducirlo también hacia su propia destrucción.El hombre es el único ser capaz de dañarse a sí mismo de manera sistemática.
Las guerras, que lejos de desaparecer, continúan marcando el rumbo de naciones enteras, son el ejemplo más evidente de esta contradicción. Conflictos que no solo consumen recursos económicos incalculables en armamento, tecnología militar y despliegues estratégicos, sino que, sobre todo, cobran la vida de miles de inocentes, ciudadanos, familias, niños que nada tienen que ver con decisiones de poder.
Resulta inevitable cuestionar, ¿qué pasaría si esos recursos fueran destinados a la educación, al empleo o a combatir el hambre que aún persiste en pleno siglo XXI? La respuesta no es sencilla, pero sí profundamente reveladora. Probablemente estaríamos frente a un mundo más equitativo, más justo y, sin duda, más humano.
A esta realidad se suma otro fenómeno igual de preocupante, la destrucción del medio ambiente, ríos contaminados, mares invadidos por plástico, ciudades rebasadas por residuos.
Basta observar lo que ocurre tras una lluvia intensa, toneladas de basura arrastradas por el agua, reflejo claro de una cultura que ha normalizado el descuido.
La naturaleza, paciente pero no infinita, comienza a responder. El cambio climático ya no es una advertencia futura, es una realidad presente que se manifiesta en fenómenos extremos, escasez de recursos y desequilibrios ecológicos.
La falta de paz en el mundo no es un hecho aislado; es consecuencia de decisiones acumuladas, de intereses que han priorizado el poder sobre la vida, el beneficio inmediato sobre el bienestar colectivo. En este contexto, el ser humano no solo destruye su entorno, sino que erosiona su propia posibilidad de supervivencia.
Hoy, más que nunca, es momento de detenernos y reflexionar..¿Qué mundo estamos construyendo? ¿Qué legado dejaremos a las nuevas generaciones? La respuesta no depende únicamente de grandes líderes o acuerdos internacionales; también recae en las acciones cotidianas, en la conciencia individual que, sumada, puede generar cambios significativos.Aún estamos a tiempo. Pero el tiempo no es infinito.
Poner sobre la mesa este dilema no es un ejercicio retórico, es una necesidad urgente. Reflexionar sobre lo que hacemos como sociedad, como país o como comunidad puede ser la diferencia entre continuar en una ruta de autodestrucción o iniciar un camino hacia la reconstrucción.
El futuro no está escrito. Pero sí está, en gran medida, en nuestras manos sobre de una conciencia y educación ambiental.