La Guerra que se Alimenta de Nuestras Mesas Vacías

Lic. Rebeca Cuevas J.

Marzo 04, 2026

Diferente uniforme, misma carencia. Existe un latido sordo que no registra ningún monitor de salud, pero que marca el ritmo de miles de hogares en este país. Es el palpitar errático en el pecho cada vez que el teléfono vibra en la madrugada. Quien ha visto una bota ajustarse antes del alba y ha escuchado el eco de una puerta cerrarse, sabe que la guerra no es un despliegue de fuerzas en el noticiero, es una sombra que se instala junto a la entrada y no se aparta, una guardia silenciosa que se hace preguntando si esa despedida fue la última.

En la Guardia Nacional; El joven busca un Estado de Derecho que se traduzca en seguridad social y una estabilidad que el mercado civil le niega. Canjea su vida por la promesa de que, si falta, los suyos no quedaran en el desamparo total.

En la Ilicitud: Ante la omisión estatal, el crimen aparece como la única “plaza” con un ingreso capaz de romper el ciclo de una miseria que parece condena hereditaria. Ambos son hijos de la misma carencia. Uno bajo el amparo de la norma y el otro en su transgresión, pero ambos empujados por la misma urgencia de existir en un sistema que solo los reconoce cuando aparecen en el conteo de bajas.

La tercera víctima. El luto sin nombre. En los boletines oficiales se habla de “BAJAS” y “NEUTRALIZACIONES”. Son términos gélidos diseñados para deshumanizar el conflicto y convertir la tragedia en un folio administrativo. Sin embargo, existe una tercera víctima que rara vez llega al expediente. LA FAMILIA.

En el inventario de la guerra, las cuentas siempre salen mal. Se cuentan casquillos, se cuentan bajas y se cuentan metros de cordón criminalístico. Pero hay una métrica que el derecho procesal no alcanza a registrar, el desgarro sistemático de quien se queda de este lado de la puerta, es la tercera víctima aquella que no empuño el arma, pero que recibe el impacto de la bala en el centro de su vida.

Quien conoce ese frio en la boca del estómago sabe que, en este país el uniforme de Guardia Nacional o la prenda civil de la ilicitud son en el fondo, dos caras de la misma moneda acuñada por el hambre.

Cuando el Estado o el crimen se cobran una vida, el expediente se cierra, pero la silla en la mesa queda vacía. En el bando oficial, el orgullo de la placa se disuelve en el tramite burocrático de una pensión que compensa el beso que nunca llegó. En el lado proscrito, el dolor se vive en la sombra en un luto clandestino donde no se permite el llanto público porque el sistema ya ha etiquetado ese cadáver como culpable. Es tiempo de entender que mientras la necesidad sea el principal reclutador de este país, seguiremos sentados a la mesa con el miedo como invitado.

Al final del día cuando el eco de las botas se apaga y la sombra de la puerta se disuelve no quedan enemigos solo quedan ausencias.