Profr. Marcelino H. Martínez
Mayo 11, 2026
En la actualidad, muchos padres confunden el amor con la complacencia.Creen que hacer felices a sus hijos significa darles todo lo que piden, un automóvil a temprana edad, una motocicleta, dinero sin control o libertades que aún no están preparados para manejar. Sin embargo, pocas veces se reflexiona sobre las consecuencias que pueden derivarse de esas decisiones.
Vivimos tiempos complejos, la violencia, las malas influencias, las adicciones, la irresponsabilidad social y la pérdida de valores se encuentran presentes todos los días en el entorno de nuestros jóvenes.
Frente a ello, el papel de los padres no debe limitarse únicamente a proveer cosas materiales, sino a formar seres humanos conscientes, responsables y capaces de valorar la vida.
No se trata de negarles oportunidades a los hijos, sino de entender que existen edades, límites y procesos.
Un vehículo en manos irresponsables puede convertirse en una tragedia; la libertad sin orientación puede llevarlos a caminos equivocados; y la ausencia de atención familiar muchas veces termina dejando a los jóvenes vulnerables ante peligros que crecen silenciosamente en la sociedad.
Hoy más que nunca, nuestros hijos necesitan acompañamiento emocional, diálogo, disciplina y valores. Necesitan padres presentes que supervisen sus amistades, que sepan dónde están, con quién conviven y qué tipo de influencias reciben. Educar no es solamente mantener económicamente a un hijo; educar también implica corregir, orientar y, muchas veces, tener el valor de decir “no”.Resulta doloroso observar cómo diariamente aumentan las estadísticas de accidentes, desapariciones y hechos lamentables donde los jóvenes son protagonistas.
Detrás de muchas de esas historias existe un común denominador, la falta de atención, límites y conciencia a tiempo.
Amar a un hijo no significa permitirle todo, amar también es protegerlo de los excesos, de la imprudencia y de decisiones que pueden marcar su vida para siempre.
El verdadero cariño no siempre se demuestra comprando cosas; muchas veces se demuestra con consejos, con tiempo, con ejemplo y con responsabilidad.
La sociedad necesita padres más conscientes y menos permisivos. Padres que entiendan que el mejor patrimonio para sus hijos no es un vehículo de lujo ni una vida fácil, sino una buena educación, principios firmes y el respeto por la vida.
Porque sí un padre corrige a tiempo, quizá evita una tragedia mañana, y evita llorar toda la vida por arrepentimiento.