Profr. Marcelino H. Martínez
Aunque los tiempos electorales todavía parecen lejanos, para algunos actores políticos la carrera ya comenzó. Desde hace meses hemos visto cómo distintos personajes recorren comunidades, colonias y municipios buscando posicionarse, convencer y, sobre todo, decirle a la sociedad: “Aquí estoy; yo soy la mejor opción”.
La pregunta es inevitable.. ¿estamos frente a auténticas jornadas de trabajo social o ante una estrategia anticipada para conquistar el voto?
La sociedad ya conoce algunas de estas prácticas, la entrega de despensas, la tradicional fotografía con una bandera de verduras, los recorridos, los eventos, los espectáculos y toda clase de actos diseñados para llamar la atención. Todo parece válido cuando el objetivo es construir una imagen política.
Pero hay algo que no debemos olvidar,la ciudadanía merece respeto.
No podemos acostumbrarnos a que la política se convierta en una pasarela permanente de personajes que buscan el poder antes de tiempo, ofreciendo discursos cuidadosamente preparados, sonrisas impecables y promesas que, una vez alcanzado el cargo, muchas veces terminan en el cajón del olvido.
Porque gobernar no es un espectáculo.
Gobernar significa asumir responsabilidades, tomar decisiones difíciles, administrar correctamente los recursos públicos y trabajar por el bienestar de quienes depositaron su confianza en las urnas.
Y aquí surge una pregunta que debería acompañar cada discurso de quienes aspiran a gobernar,
¿Todo lo que hoy prometen, realmente están dispuestos a cumplirlo mañana?
Porque ya estuvo bueno de promesas que se las lleva el viento.
El pueblo necesita resultados. Necesita educación de calidad, servicios de salud dignos, infraestructura, caminos, seguridad, oportunidades de empleo, desarrollo económico y verdadera modernidad. Esas son las columnas sobre las que debe construirse cualquier proyecto de gobierno serio.
No necesitamos gobernantes que solamente sepan ganar elecciones; necesitamos gobernantes que sepan cumplirle a la gente.
También sería conveniente que quienes aspiran a ocupar un cargo público entendieran que los ciudadanos no son simples espectadores de una campaña. Son personas con necesidades, familias con preocupaciones y comunidades que esperan soluciones.
El ciudadano no debe ser visto como un número, ni como un voto que hay que conquistar a cualquier precio.
Y quizá lo más importante, la sociedad está aprendiendo a observar más y a creer menos.
Ya no basta con llegar con la mejor sonrisa, pronunciar el mejor discurso o repartir algún apoyo para intentar conquistar simpatías. El ciudadano comienza a preguntarse qué ha hecho realmente cada personaje, qué resultados ha entregado y, sobre todo, qué puede esperar de él si llega al poder.
Las elecciones todavía no llegan, pero las pasarelas políticas ya comenzaron.
Y frente a ellas, la sociedad tiene una enorme responsabilidad: informarse, analizar y no dejarse llevar únicamente por regalos, espectáculos o discursos emotivos.
Al final, serán las familias y los ciudadanos quienes decidirán en las urnas.Ojalá esta vez no se equivoquen.
En verdad si un candidato pierde una elección, puede regresar a su casa, esperar otra oportunidad o buscar otro camino político.
Pero cuando un pueblo se equivoca al elegir a sus gobernantes, quien paga las consecuencias durante años es la sociedad entera.
Por eso, que comiencen las pasarelas, que aparezcan los adelantados y que se escuchen las promesas.El pueblo ya está mirando.
Y esta vez, quizá más que nunca, también está preguntando…. “¿Y después de la elección, qué?”Que desarrollo tendrán las colonias, comunidades y pueblos.