Profr. Marcelino H. Martínez
18 de junio 2026
Los docentes… Dicen que un docente da clases.
Pero quienes han mirado de cerca una escuela saben que eso apenas alcanza para describir una pequeña parte de lo que ocurre.
Porque un docente no entra únicamente a un salón; entra a historias distintas, a realidades diferentes, a corazones que llegan con hambre, con sueños, con ausencias, con preguntas y algunas veces hasta con heridas que nadie ve.
Ser docente no empieza cuando suena el timbre ni termina cuando se cierra el portón.
Empieza mucho antes, cuando planea en silencio, cuando piensa cómo explicar lo complejo con palabras sencillas, cuando busca que nadie se quede atrás.
Continúa después, cuando revisa tareas mientras la casa sigue su ritmo, cuando vuelve a leer una actividad porque sabe que detrás de una hoja hay una vida aprendiendo.
El docente es muchas cosas al mismo tiempo.
Ante sus alumnos es guía, escucha, disciplina y abrazo.
Ante los padres de familia es puente, mediador y muchas veces traductor de emociones que nadie sabe expresar.
Ante los directivos es responsabilidad, resultados, informes, organización y compromiso constante.
Ante sus propios hijos y su familia es presencia que intenta multiplicarse, aunque a veces el tiempo no alcance.
Hay días en que debe ser psicólogo sin consultorio.
Mediador sin conflicto propio, actor para despertar atención.
Investigador para encontrar nuevas formas.
Enfermero improvisado, Consejero, Escritor, Organizador.
Y aun así, al final del día, alguien dirá… “Solo trabaja medio turno”.
Pocos saben de las madrugadas preparando material, por las tardes llenando formatos, reportes y planeación.
Por las noches pensando en ese alumno que cambió su conducta.
De los fines de semana convertidos en planeaciones y pendientes.
Pocos saben que hay docentes que cargan preocupaciones personales y aun así entran al aula con una sonrisa porque entienden que los niños no tienen por qué recibir el peso del mundo adulto.
Ser docente es celebrar avances que no siempre aparecen en estadísticas. Es emocionarse cuando alguien aprende a leer, es recordar nombres durante años.
Es recibir mensajes después del tiempo diciendo, “Gracias, maestro… usted creyó en mí cuando yo no podía”.
Y entonces todo cobra sentido.
Porque educar no es llenar cuadernos. Es sembrar dignidad.
Es abrir caminos, es enseñar que el conocimiento también puede ser un refugio.
Un docente no solo da materias, forma personas.
Y quizá esa sea una de las profesiones más silenciosas y más poderosas que existen, la de quienes todos los días llegan a construir futuro con ideas y pintarrones, paciencia, vocación y esperanza.
Ser docente a veces es no ser comprendido, y para él es ser comprometido, para formar ciudadanos de buenas costumbres, valores y profesionales.