ODA A LA MEDIOCRIDAD

Por Adrián García Reyes

Abril 17, 2026

En una época marcada por la inmediatez, la exposición constante y la exigencia de resultados visibles, el margen para el error parece haberse reducido al mínimo. La presión por destacar, incluso antes de haber comenzado, ha instalado una idea tan extendida como problemática: solo vale la pena intentar aquello en lo que se puede sobresalir desde el inicio. En ese contexto, ser principiante se ha vuelto incómodo; ser mediocre, inaceptable.

Desafortunadamente, a la cultura contemporánea no le importa el proceso, sólo celebra resultados terminados y listos para mostrar. Premia la ejecución impecable, pero invisibiliza la curva de aprendizaje. En redes sociales, en espacios laborales e incluso en ámbitos educativos, se espera competencia inmediata, como si toda habilidad debiera presentarse ya pulida, lista para ser validada; se construye la ilusión de que todo logro es inmediato. El efecto es profundo, no solo cambia lo que mostramos, sino lo que creemos posible hacer.

Sin embargo, toda práctica humana significativa comienza en un punto mucho menos glorioso.

Antes de cualquier dominio, hay torpeza. Antes de cualquier claridad, hay confusión. Antes de cualquier maestría, hay —inevitablemente— mediocridad.

No como defecto, sino como condición.

El problema no es la mediocridad inicial, sino el rechazo social que se ha construido alrededor de ella; hemos aprendido a asociarla con fracaso, cuando en realidad nombra el terreno donde se construye cualquier capacidad real. Nadie escribe bien en su primer intento; nadie domina un oficio sin haber fallado múltiples veces. Nadie se forma sin atravesar momentos de duda, lentitud e incomodidad.

Pero la época no tolera esos ritmos.

Como ha señalado Byung-Chul Han, vivimos bajo una lógica de autoexigencia permanente donde el sujeto se explota a sí mismo en nombre del rendimiento. No basta con hacer; hay que hacerlo bien, rápido y de forma visible. En ese esquema, el error no es parte del proceso: es una falla que debe ocultarse.

La consecuencia es silenciosa, pero profunda: dejamos de intentar.

Hay aquí una dimensión estructural que no puede ignorarse. Como advertía Pierre Bourdieu, las condiciones sociales moldean no solo nuestras oportunidades, sino también nuestras expectativas. Cuando internalizamos que ciertos espacios son solo para quienes “ya saben”, dejamos de habitarlos antes siquiera de probar.

Renunciamos a aprender un instrumento porque creemos que es demasiado tarde, dejamos de tomar un taller porque “no sabemos nada”, no participamos en espacios comunitarios porque sentimos que no pertenecemos.

Así, la mediocridad deja de ser un punto de partida y se convierte en una barrera.

Pero vale la pena recordar que aprender no es un acto individual aislado, se trata de una práctica social.

Existen bibliotecas, casas de cultura, universidades, colectivos y espacios comunitarios donde el aprendizaje ocurre de forma compartida, lugares donde el error no es sancionado, sino comprendido como parte del proceso. Donde ser principiante no es una falla, sino una etapa legítima.

Sin embargo, para habitarlos, hace falta algo previo, humildad para aceptar que no sabemos.

En este punto, la pedagogía de Paulo Freire sigue siendo profundamente vigente, aprender no comienza en la certeza, sino en la pregunta. Y no hay pregunta posible sin reconocer, primero, la propia ignorancia.

Aceptar la mediocridad inicial no es resignarse a ella; es atravesarla.

Es pagar el precio del novato: equivocarse, avanzar lento, sentirse fuera de lugar… y aun así continuar. Es entender que el aprendizaje no ocurre en la exhibición, sino en la repetición, en la práctica, en el tiempo.

Tal vez por eso conviene reivindicar, sin ironía, una idea incómoda: no saber también es una forma legítima de estar en el mundo. Y más aún, es una condición necesaria para transformarlo.

Porque solo quien se permite comenzar desde abajo puede, eventualmente, desarrollar una mirada más amplia; no por talento inmediato, sino por persistencia, no por genialidad espontánea, sino por acumulación de experiencia.

En ese sentido, toda persona que hoy consideramos experta es, en realidad, alguien que no abandonó su propia mediocridad a tiempo.

Alguien que decidió quedarse.

Detrás de cada habilidad hay una historia que no se ve: intentos fallidos, aprendizajes lentos, inseguridades atravesadas. Lo que hoy aparece como dominio fue, en su origen, incertidumbre.

Y quizá ahí radica una de las lecciones más olvidadas de nuestro tiempo: el valor de sostener el proceso.

Porque todo aquello que hoy admiramos comenzó siendo ordinario.

Torpe.

Imperfecto.

Humano.