Redes sociales, pantallas y niñez,el desafío de encontrar el equilibrio

Profr. Marcelino H. Martínez

Vivimos en una época en la que la tecnología forma parte de casi todos los aspectos de nuestra vida.

Los teléfonos inteligentes, las redes sociales, las plataformas digitales y la inteligencia artificial han transformado la manera en que nos comunicamos, aprendemos y trabajamos. Sin embargo, cuando el tema se centra en la infancia y la adolescencia, surge un debate que divide opiniones y que merece ser analizado con responsabilidad y sin prejuicios.

Habrá padres que defiendan el uso temprano de dispositivos electrónicos y habrá quienes, por una diferencia generacional o por convicción personal, consideren que los niños deben crecer con menos tiempo frente a una pantalla. Ambas posturas tienen argumentos válidos. No obstante, más allá de las diferencias, existe un punto de coincidencia, ningún dispositivo debería sustituir la experiencia de vivir la infancia.

Un niño debe aprender a jugar, a correr, a convivir con otros niños, a descubrir el mundo a través de sus sentidos y a disfrutar de los espacios al aire libre. Debe conocer la emoción de una conversación cara a cara, la alegría de una tarde en el parque y la capacidad de entretenerse sin depender de un teléfono celular. La tecnología puede complementar estas experiencias, pero jamás reemplazarlas.

La realidad también nos obliga a reconocer que el uso excesivo de pantallas en edades tempranas puede afectar el desarrollo emocional, social y cognitivo. Resulta preocupante observar a menores de cinco años pasando largas horas frente a una pantalla simplemente porque los adultos necesitan mantenerlos entretenidos.

Aunque esta práctica pueda parecer una solución momentánea, no siempre representa la mejor alternativa para su formación integral.

Por otra parte, las redes sociales presentan riesgos que no pueden ignorarse,en esos espacios digitales conviven oportunidades de aprendizaje e información, pero también amenazas reales como la extorsión, el acoso, la explotación sexual, la pornografía, la trata de personas y los engaños que utilizan falsas promesas de amistad, empleo o éxito económico. Cada año se conocen casos de menores y jóvenes que son manipulados por personas que ocultan su verdadera identidad detrás de una pantalla.

Por ello, la responsabilidad de los padres y tutores es más importante que nunca. No basta con entregar un dispositivo; también es necesario acompañar, orientar, supervisar y educar.

La seguridad digital debe convertirse en una enseñanza tan importante como aprender a leer o escribir, los niños y adolescentes necesitan comprender que no todo lo que aparece en internet es verdadero y que la confianza debe construirse con prudencia.

En el ámbito educativo, la tecnología puede ser una gran aliada cuando se utiliza con objetivos pedagógicos claros. Su incorporación en las escuelas debe responder a diagnósticos, necesidades académicas y estrategias bien definidas, evitando que se convierta en una distracción permanente.

El reto no consiste en prohibir la tecnología, sino en enseñar a utilizarla con inteligencia y sentido crítico.

Con frecuencia escuchamos que las tecnologías han robado la atención y la influencia que antes tenían la familia, la escuela y la comunidad. Quizá el problema no sea la tecnología en sí misma, sino la forma en que la estamos utilizando. Las pantallas son únicamente herramientas; el verdadero desafío está en los contenidos que consumimos y en los valores con los que acompañamos su uso.

Por eso, este tema no debería politizarse ni reducirse a posiciones extremas. La sociedad necesita un diálogo serio, sustentado en evidencias y orientado al bienestar de las nuevas generaciones.

No se trata de estar a favor o en contra de la tecnología, sino de encontrar un equilibrio que permita aprovechar sus beneficios sin renunciar a nuestra humanidad.

Las redes sociales, la tecnología y la inteligencia artificial llegaron para quedarse. La pregunta no es si debemos utilizarlas, sino cómo hacerlo de manera responsable. Al final, el verdadero progreso no consiste en tener acceso a más pantallas, sino en formar personas capaces de pensar, discernir y vivir plenamente dentro y fuera del mundo digital.