Profr. Marcelino H. Martínez
Marzo 12, 2026
En los últimos años, las calles y carreteras se han convertido en escenarios frecuentes de accidentes viales, muchos de ellos protagonizados por motocicletas, automóviles y camionetas que circulan sin el debido respeto a las normas de tránsito o por querer llegar pronto a sus destino o lugar de trabajo.
El exceso de velocidad, la imprudencia al conducir y el uso de teléfonos móviles mientras se maneja son factores que han incrementado el número de tragedias que, lamentablemente,ya forman parte de la vida cotidiana en nuestras ciudades.
Conducir un vehículo no es únicamente una habilidad de gozo; es, sobre todo, una responsabilidad social.
Cada conductor tiene en sus manos no solo su propia vida, sino también la de peatones, pasajeros y otros automovilistas.
Una distracción de segundos mirar el celular, responder un mensaje o apartar la vista del camino puede convertirse en una decisión fatal.
Particularmente preocupante es el aumento de accidentes en motocicletas.
Muchos jóvenes, atraídos por la rapidez o la sensación de libertad que ofrece este medio de transporte, olvidan que la vulnerabilidad en este tipo de vehículos es mayor.
El uso del casco, el respeto a los límites de velocidad y la atención permanente al camino no son recomendaciones opcionales, son medidas de supervivencia.
Sin embargo, la seguridad vial no depende únicamente de los conductores.
También requiere de autoridades que hagan cumplir la ley con transparencia y sin intereses ajenos a la protección ciudadana.
Los reglamentos de tránsito existen para ordenar la convivencia en la vía pública, pero su eficacia depende tanto de que los ciudadanos los conozcan como de que las instituciones los apliquen de manera justa.
En ocasiones, estos temas se convierten en banderas políticas o en discursos momentáneos que prometen soluciones rápidas.
Pero detrás de cada accidente hay familias que pierden a un ser querido, hogares que quedan marcados por una tragedia que pudo evitarse.
La seguridad vial no debe ser un asunto de protagonismo político, sino una causa colectiva.
Tal vez valdría la pena impulsar más campañas de conciencia ciudadana, consultas públicas o espacios de información donde se recuerden las reglas básicas de tránsito.
Pero, sobre todo, es necesario recuperar el sentido de responsabilidad individual.
Porque la realidad suele golpearnos solo cuando la tragedia nos toca de cerca.
Y la pregunta inevitable aparece demasiado tarde, ¿por qué no actuamos antes?
Conducir con prudencia, respetar la ley y actuar con responsabilidad no es un favor que hacemos a la autoridad; es un compromiso con la vida.