Profr. Marcelino H. Martínez
En estos últimos tiempos una publicación puede llegar más lejos que un micrófono y una transmisión en vivo puede abrir debates que antes quedaban encerrados en oficinas o cafés políticos, surgió una pregunta que parece inocente, pero que muchas veces tiene otra intención, ¿eres periodista o solo comunicador?
La pregunta no siempre busca aclarar.
A veces busca desacreditar,
Porque SÍ alguien señala una falla, denuncia una omisión o cuestiona una decisión pública, en lugar de responder al fondo del asunto aparece el recurso más cómodo, descalificar al que habla.
Que si no eres periodista.
Que si solo haces contenido.
Que si opinas demasiado.
Que si no tienes autoridad.
Pero la ciudadanía no necesita permiso para exigir cuentas.
El periodismo profesional tiene un valor enorme y una responsabilidad que debe respetarse.
Sin embargo, la vigilancia del poder no pertenece exclusivamente a un oficio,una sociedad democrática también se sostiene por ciudadanos que observan, cuestionan y se niegan a normalizar aquello que afecta a todos.
Porque sí una calle sigue igual, o una promesa se olvida, cuando una decisión perjudica a la comunidad o cuando el discurso oficial no coincide con la realidad, señalarlo no es un acto de rebeldía; es participación.
Y quizá ahí nace la incomodidad, hay personajes de la vida pública que mientras necesitan apoyo hablan de cercanía, apertura y diálogo.
Buscan voces, buscan aliados, buscan que todos participen. Pero una vez instalados en el cargo, la crítica deja de parecerles participación y empieza a parecerles ataque.
Cuando te conviene, el ciudadano es importante.
Cuando cuestiona, se vuelve incómodo.
Entonces ya no gusta que hablen. Ya no gusta que pregunten. Ya no gusta que recuerden promesas.
Y aparece el viejo hábito del poder, aceptar aplausos, pero rechazar verdades.
Y si hay quienes confunden respeto con silencio y autoridad con obediencia.
La crítica responsable no debilita a una administración ni a una figura pública; al contrario, le da la oportunidad de corregir.
Lo que sí debilita es el orgullo, el ego y la idea equivocada de creer que ocupar un cargo significa estar por encima del señalamiento ciudadano.
Hay una frase que el tiempo siempre termina confirmando, el poder no cambia a las personas, solo revela quiénes eran.
Por eso el debate nunca debió ser quién tiene derecho a hablar.
La pregunta verdadera sigue siendo otra.
¿Por qué molesta tanto una voz cuando dice algo que no se puede desmentir?
Porque mientras algunos se ofenden por el señalamiento, los problemas siguen ahí… esperando menos discursos y más respuestas.
No ser prepotente y querer hacer menos a quién te cuestiona la verdad.