Construir lo justo; el arte compartido entre arquitectura y abogacía. Artículo de reflexión por el ‘Día del Abogado’

Lic. Abraham Ulises Parga Segura

El ‘Día del Abogado’ en México se remonta al año 1960, cuando a petición de representantes del periódico Diario de México®, el entonces presidente de la república Adolfo López Mateos declara públicamente [sin decreto presidencial] el 12 de julio como el día para honrar a quienes hacen posible la materialización de la justicia. Se eligió este día porque según narra Francisco Arturo Schroeder Cordero en el Diccionario Jurídico Mexicano (publicado en 1991), fue un 12 de julio de 1553 cuando por primera vez en la Nueva España se impartió la primera cátedra para la enseñanza del Derecho -Prima de Leyes- [Derecho Romano] en la Real y Pontificia Universidad de México por Fray Bartolomé de Frías y Albornoz.

Para fines de este artículo de opinión entendamos por ‘abogado’ a toda aquella persona «profesionista del Derecho que presta asesoramiento jurídico y está habilitada para actuar ante los tribunales o entidades administrativas» de acuerdo con su definición citada del Diccionario de la Lengua Española, 23.ª ed. (2024).

Todas las personas conocemos a alguien que al menos una vez en su vida ha dicho: «¡Yo nunca voy a necesitar un abogado!» «¡No quiero relacionarme con abogados porque tienen ‘mala fama’!». Y ojalá fuera cierto del todo… sin embargo, la vida no avisa. Un día firmas el contrato de tu primera casa y no entiendes ni la mitad. Otro día te despiden y el finiquito no cuadra. O peor… alguien que quieres está en un problema y no sabe ni cómo ayudarlo. Ahí aparecemos nosotros. Los abogados.

No, no solo somos los de la serie de Netflix® que gritan en los tribunales: «¡Objeción, Su Señoría!». La mayoría ni pisamos un juzgado cada semana. Somos, bien, algo más parecido a un arquitecto. ¿Raro verdad? Te explico: un arquitecto no solo dibuja planos, distribuye espacios o coordina equipos, También diseña para que, cuando la Tierra tiemble, la estructura resista. Simplemente su trabajo consiste en hacer que las personas vivan tranquilas y cómodas dentro de su hogar.

Nosotros hacemos lo mismo, pero con reglas. Cuando revisamos un contrato de arrendamiento; estamos evitando que te saquen a la calle en tres días. Cuando ayudamos a conciliar tu conflicto laboral; estamos velando por que te proporcionen lo justo y no menos. Cuando defendemos legalmente a alguien; estamos contribuyendo a forjar un mejor país donde existe lo que denominamos «Estado de Derecho». El Estado de Derecho es la señora que por fin pudo escriturar su predio después de 20 años. Es el joven que no fue a prisión por un error. Es tu nómina que llega completa porque alguien peleó tus horas extras. La ley sola, es únicamente papel; letra muerta.

Somos los abogados quienes la hacemos respirar, quienes la traducimos, quienes la ponemos a trabajar para el que no estudió Derecho, para el que está asustado, para el que no confía en las instituciones por abusar éstas de quienes no saben cómo exigir sus derechos.

Claro que hay de todo; como también hay arquitectos que construyen casas que se caen. Hay abogados que no nos actualizamos en los temas novedosos del Derecho, que nos equivocamos o que simplemente nos rebasa el sistema. Ser abogado no es sólo memorizar leyes, decretos o jurisprudencia; la profesión también implica análisis y ‘cirugías’, cirugías que consisten en manipular eclécticamente toda una estructura jurídica, seleccionando los mejores elementos, ideas o estilos de diferentes fuentes o corrientes para combinarlos y crear algo armónico y superior que nos permita diagnosticar, prevenir o solucionar cualquier conflicto.

Y cuando hay un buen abogado que hace bien su trabajo, casi ni te enteras. Porque lo que hizo fue precisamente evitar el problema. Planear, reforzar los cimientos antes de que cayera la loza.

Quiero entonces, que por un momento pensemos en un país donde nadie supiera defender lo suyo, donde el más fuerte siempre ganara, donde la palabra no valiera porque no hay cómo respaldarla… eso es justamente lo que evitamos los abogados todos los días, muchas veces en silencio y con desvelos que nadie ve.

Somos arquitectos de la justicia; algunas veces nos toca diseñar el edificio completo, algunas otras solo sellar las grietas. Pero siempre, siempre, estamos ahí para que la casa —tu casa, tu vida, tu sociedad— no se venga abajo. Y eso no lo hace una máquina. Lo hace una persona. Que escucha. Que entiende tu miedo, Y que pelea por ti.

¡Feliz día a todos los que elegimos construir y materializar la justicia!

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