El 15 ya son 15: la universidad que crece desde sus comunidades

Por Adrián García Reyes

Quince años pueden parecer poco tiempo en la historia de una institución educativa. Sin embargo, para quienes hemos crecido en regiones donde acceder a la universidad significaba abandonar el hogar, recorrer largas distancias o enfrentar dificultades económicas, quince años pueden representar una transformación profunda. No necesariamente porque todos los obstáculos hayan desaparecido, sino porque hoy existen oportunidades que antes parecían lejanas.

El pasado 15 de octubre, mi querida Universidad Intercultural de San Luis Potosí (UICSLP) cumplió quince años de vida institucional. Una fecha que nos invita a celebrar el camino recorrido, reconocer a quienes lo han hecho posible y reflexionar sobre el sentido de una universidad que nació con la vocación de acercar la educación superior a comunidades donde, durante mucho tiempo, estudiar una carrera profesional era un privilegio al alcance de pocos.

Hoy la UICSLP tiene presencia en las cuatro regiones del estado. De acuerdo con su agenda estadística del ciclo escolar 2025-2026, inició ese periodo con 3,607 estudiantes, de los cuales 475 son hablantes de lenguas originarias. Detrás de esas cifras existen historias que no siempre aparecen en los informes: jóvenes que son los primeros universitarios de sus familias, madres y padres que hacen esfuerzos para sostener sus estudios y comunidades que encuentran en la educación una posibilidad de construir mejores condiciones de vida.

Recordemos que una universidad no solamente crece cuando amplía sus instalaciones o incrementa su matrícula, también lo hace cuando acerca oportunidades a quienes antes las tenían demasiado lejos.

El economista Amartya Sen planteaba que el desarrollo debía comprenderse a partir de las libertades reales que tienen las personas para elegir la vida que desean llevar. Desde esa perspectiva, la existencia de una universidad en una comunidad representa mucho más que una oferta académica: significa ampliar el horizonte de posibilidades de sus habitantes, permitir que nuevas generaciones construyan proyectos de vida y demostrar que el lugar donde nacemos no tendría por qué determinar hasta dónde podemos llegar.

Pero quienes trabajamos en la educación superior sabemos que acercar esas oportunidades es apenas una parte del esfuerzo.

Lo digo también desde mi propia experiencia, formar parte de esta institución me ha permitido conocer de cerca sus avances, las historias de sus estudiantes y el compromiso de muchas personas que, desde distintas responsabilidades, contribuyen diariamente a su funcionamiento. También me ha enseñado que construir una universidad es un proceso permanente de aprendizaje, donde los aciertos merecen celebrarse y las áreas de oportunidad deben asumirse con responsabilidad.

Pierre Bourdieu explicó cómo las desigualdades sociales pueden reproducirse dentro de los sistemas educativos cuando no se reconocen las diferentes condiciones con las que llegan los estudiantes. En nuestras regiones, esas diferencias se manifiestan de muchas maneras: las posibilidades económicas de una familia, el acceso a herramientas tecnológicas, las responsabilidades del hogar o las distancias que deben recorrerse para asistir a clases.

Comprender estas circunstancias nos permite reconocer que el trabajo universitario no termina al abrir las puertas de un aula, también implica acompañar trayectorias, escuchar necesidades y buscar alternativas que favorezcan la permanencia y conclusión de los estudios.

Y aquí la reflexión comienza por nosotros mismos.

A veces, quienes nos dedicamos a la docencia o asumimos responsabilidades de gestión podemos concentrarnos tanto en cumplir programas, atender procedimientos o resolver las exigencias cotidianas que corremos el riesgo de perder de vista aquello que da sentido a nuestro trabajo: las personas. Reconocerlo no disminuye el valor de lo que hacemos; por el contrario, nos recuerda que siempre podemos encontrar mejores maneras de servir a nuestra comunidad universitaria.

En ello encuentro una de las mayores enseñanzas de estos quince años; la educación intercultural no solamente transforma a quienes estudian, también debe transformar a quienes enseñamos.

Paulo Freire sostenía que educar es, ante todo, un acto de diálogo; una relación en la que enseñar y aprender no son procesos completamente separados, porque ambos requieren escuchar, reconocer y comprender al otro. Esta idea cobra especial sentido en una universidad cuyos estudiantes provienen de contextos culturales, lingüísticos y sociales diversos.

En nuestras aulas conviven conocimientos académicos con experiencias comunitarias, lenguas originarias, formas de organización y maneras particulares de comprender el mundo; esa diversidad representa una riqueza que nos invita a revisar constantemente nuestras propias prácticas educativas.

El antropólogo Guillermo Bonfil Batalla, en su reflexión sobre el México profundo, nos recordó que los pueblos indígenas poseen conocimientos, identidades y proyectos propios que durante mucho tiempo no recibieron el reconocimiento que merecían. Su pensamiento resulta particularmente valioso para comprender que la interculturalidad no consiste únicamente en incorporar la diversidad a las instituciones, sino en construir relaciones de respeto donde distintas formas de conocimiento puedan encontrarse y enriquecerse mutuamente.

Desde luego, esto no siempre es sencillo; la interculturalidad exige disposición para escuchar, reconocer nuestras limitaciones y aceptar que existen saberes que no necesariamente aprendimos durante nuestra formación profesional.

Por eso resulta significativo observar experiencias que buscan acercar el conocimiento académico a la vida de las comunidades. Un ejemplo reciente es el proyecto del huerto herbolario “Tezonemilistli: Raíz de la vida”, desarrollado en el Campus Tamazunchale, donde estudiantes, sabios tradicionales y promotores de las lenguas originarias participan en un espacio que vincula el aprendizaje universitario con la medicina tradicional y el uso del náhuatl.

Este tipo de iniciativas nos recuerda que la universidad puede ser un punto de encuentro entre generaciones, conocimientos y experiencias. Que investigar también puede significar escuchar a quienes han preservado saberes durante siglos y que aprender no siempre implica descubrir algo nuevo, sino reconocer el valor de aquello que ya existe.

Porque las comunidades no comenzaron a producir conocimiento cuando llegó la universidad, mucho antes de su presencia ya existían prácticas agrícolas, conocimientos medicinales, sistemas de organización, lenguas, memorias y formas de comprender el territorio. La universidad tiene la oportunidad de dialogar con esa riqueza y contribuir a su fortalecimiento mediante las herramientas que ofrecen la ciencia, la tecnología y la formación profesional.

La filósofa Martha Nussbaum ha insistido en que la educación no puede valorarse únicamente por su contribución al crecimiento económico. Formar profesionistas competentes es indispensable, pero también lo es formar personas capaces de pensar críticamente, comprender otras realidades y participar responsablemente en la vida colectiva.

En una institución intercultural, ambas aspiraciones pueden complementarse; preparar a los estudiantes para desenvolverse profesionalmente y, al mismo tiempo, fortalecer su capacidad para comprender los problemas de su entorno y contribuir a resolverlos.

Desde mi experiencia en la formación de futuros profesionistas esta idea tiene un significado especial. Una decisión tomada desde una oficina puede parecer sencilla en el papel, pero adquirir implicaciones muy distintas cuando conocemos las condiciones de la comunidad donde habrá de aplicarse. Por eso considero que formar personas sensibles a su realidad social, cultural y territorial es también una manera de contribuir a construir instituciones más cercanas a las personas.

Quince años de historia nos permiten reconocer avances importantes. La presencia de la universidad en distintas regiones del estado, la formación de generaciones de egresados, los proyectos de vinculación comunitaria y las experiencias que hoy se desarrollan en sus campus son resultado de esfuerzos que merecen reconocimiento.

Nada de ello ocurre de manera espontánea. Detrás hay decisiones institucionales, trabajo académico, gestión administrativa y, sobre todo, personas que han dedicado parte de su vida a construir y fortalecer este proyecto educativo. Es justo reconocer a quienes han conducido a la institución a lo largo de su historia, así como a sus trabajadores, docentes, estudiantes y familias, cuyo compromiso cotidiano sostiene gran parte de lo alcanzado.

Por supuesto, como toda universidad que continúa creciendo, tenemos desafíos por delante. Mejorar las condiciones para el aprendizaje, fortalecer la investigación, ampliar las oportunidades de nuestros estudiantes y profundizar la relación con las comunidades son tareas que requieren continuidad, colaboración y una visión compartida de futuro.

No se trata de mirar lo pendiente como una deuda que invalida lo conseguido, sino de reconocer que el crecimiento institucional también nos brinda nuevas oportunidades para mejorar.

Quienes formamos parte de esta universidad tenemos la responsabilidad de contribuir desde nuestro propio espacio; a veces será mediante un proyecto de investigación, una mejor estrategia de enseñanza o una gestión más eficiente. Otras veces bastará con escuchar con mayor atención a un estudiante, acompañarlo en un momento difícil o recordar que detrás de cada expediente académico existe una historia personal.

Quizá ahí se encuentre una de las dimensiones más valiosas de nuestro trabajo: comprender que las grandes transformaciones también se construyen mediante acciones cotidianas.

Por eso, el lema conmemorativo «El 15 ya son 15» puede entenderse como algo más que una referencia al tiempo transcurrido; es una oportunidad para reconocer lo que hemos construido juntos y renovar el compromiso de seguir creciendo sin perder de vista nuestras raíces.

Al pensar en estos quince años, inevitablemente recuerdo a quienes hicieron posible que muchas generaciones llegaran a una universidad. A las madres y los padres que encontraron la manera de sostener los estudios de sus hijos; a los docentes que han dedicado su esfuerzo a formar profesionistas; a los sabios tradicionales que conservan conocimientos fundamentales para la identidad de nuestras comunidades y a tantas personas que, desde espacios poco visibles, contribuyen a que la educación sea una realidad.

Ellos también son los gigantes sobre cuyos hombros se levanta esta historia.

Y es que ninguna universidad se construye solamente desde sus oficinas, sus edificios o sus documentos institucionales; se construye, sobre todo, desde las personas que le dan vida y desde las comunidades que encuentran en ella una oportunidad.

Quince años después, celebrar a la Universidad Intercultural de San Luis Potosí es reconocer que hemos avanzado juntos y que todavía tenemos mucho por aprender, compartir y construir.

Porque una universidad que nace de sus comunidades encuentra su mayor fortaleza cuando mantiene viva esa relación. Cuando comprende que el conocimiento puede abrir nuevos caminos sin borrar los anteriores y que la formación profesional puede llevarnos tan lejos como nuestros sueños lo permitan, sin obligarnos a olvidar de dónde venimos.

Quizá ese sea uno de los mayores logros de estos primeros quince años: demostrar que es posible mirar hacia el futuro sin dejar de reconocer las raíces que nos sostienen.