El espectáculo y la fe.

Por Adrián García Reyes | 8 de junio de 2026

En pocos días la de gajos volverá a rodar con una carga simbólica que rebasa lo deportivo: México será, junto con Estados Unidos y Canadá, anfitrión de una nueva Copa Mundial de futbol. La narrativa es conocida: una fiesta con vitrina global, orgullo compartido, todo parece dispuesto para celebrar.

Y, sin embargo, toda celebración que se toma en serio también merece ser pensada.

Lo digo no desde la distancia, sino desde la cercanía. Como aficionado al fútbol —seguidor del Club Deportivo Guadalajara y lector persistente de la historia de los mundiales— sé que este deporte no se experimenta únicamente con la cabeza. Se vive con el cuerpo, con la memoria, con la emoción; se hereda, se comparte y se defiende.Pero también se puede —y se debe— comprender.

Como escribió Eduardo Galeano, el fútbol puede ser “la más hermosa de las fiestas” y, al mismo tiempo, un espacio donde se revelan las contradicciones del poder. Esa dualidad no solo persiste, sino que se ha intensificado. El Mundial ya no es únicamente un torneo; es un fenómeno cultural que mueve emociones, identidades y expectativas colectivas. Pero también es, cada vez más, un espectáculo.

Guy Debord lo advirtió con lucidez: en la modernidad, la experiencia tiende a convertirse en representación. El fútbol contemporáneo parece confirmar esa intuición, la cancha es apenas el punto de partida; alrededor se despliega una maquinaria global de transmisiones, patrocinios, narrativas mediáticas y consumo masivo.

No vemos únicamente partidos, consumimos una experiencia total.

Quienes hemos visto y leído sobre mundiales lo sabemos. Recordamos goles, aunque no los hayamos vivido en el momento, sí, pero también relatos. Imágenes repetidas hasta convertirse en memoria colectiva, como la mano de Dios o la “tijera” de Negrete, por citar algunos ejemplos; narraciones que terminan moldeando lo que creemos haber visto. El fútbol no solo se juega, se cuenta, y en ese relato, México ocupa un lugar peculiar.

La selección mexicana encarna una paradoja contradictoria persistente: una presencia mediática enorme frente a resultados deportivos limitados. El llamado “quinto partido” se ha convertido en una frontera simbólica que no termina de cruzarse. Y, pese a ello, la afición permanece.

No solo permanece, se reafirma, se moviliza y se emociona cada vez que el seleccionado nacional pisa el pasto.

Como aficionado, uno lo reconoce sin rodeos; cada cuatro años se renueva algo que parece irracional, pero profundamente humano: la esperanza. Se reconstruye la narrativa, se repite la posibilidad y se vuelve a empezar. Y eso no es cosa menor.

Como explicó Bourdieu, las prácticas culturales no son neutras; están atravesadas por estructuras sociales y capital simbólico. Apoyar a la selección no es solo seguir un deporte, se trata de participar de una identidad, de una historia compartida, de una forma de pertenencia que excede el rendimiento en la cancha.

En ese sentido, el fútbol no es solo competencia, es, sin lugar a dudas, comunidad.

El maestro Juan Villoro lo ha señalado con claridad: el fútbol se sostiene tanto en lo que ocurre como en lo que se cuenta. Y la selección mexicana es, ante todo, un relato persistente; una narrativa que se rehúsa a cerrarse, que convierte cada torneo en una nueva oportunidad, incluso cuando la evidencia sugiere lo contrario.

Así, el problema no es la fe; el inconveniente surge cuando la fe deja de dialogar con la realidad.

Aquí la pregunta no es únicamente por qué no se alcanzan ciertos resultados, sino por qué, a pesar de ello, la estructura que rodea al equipo permanece prácticamente intacta. Aquí la tesis de Debord vuelve a cobrar fuerza: en una sociedad donde la representación domina, el éxito simbólico puede sustituir al éxito real.

Mientras haya audiencia, el sistema funciona. Mientras haya consumo, el cambio no es urgente. Y en el fútbol mexicano, esa triste y conformista lógica parece haberse consolidado.

Llenar estadios, vender derechos de transmisión, sostener una marca global; todo eso resulta más rentable que transformar de fondo el proyecto deportivo. Así, el espectáculo se vuelve suficiente.

La emoción sustituye a la exigencia. Y en esa dinámica, la afición —nosotros— no es ajena. Participa, sostiene, reproduce; compramos la nueva camiseta, seguimos los partidos, discutimos alineaciones, revivimos jugadas históricas. Creemos.

Pero también es justo preguntarse, ¿Hasta qué punto esa fe sostiene algo que no cambia? ¿En qué momento la ilusión deja de ser motor y se convierte en mecanismo de repetición?

Eduardo Galeano lo advirtió con precisión: cuando el fútbol se entrega por completo al mercado, corre el riesgo de olvidar su esencia. El juego deja de ser juego y se convierte en mercancía y en ese tránsito, lo que se pierde no es solo calidad deportiva, sino sentido.

El Mundial que se aproxima intensificará todas estas tensiones, las ciudades se transformarán en vitrinas globales, los discursos de unidad y orgullo nacional se multiplicarán, y el espectáculo alcanzará su máxima expresión. Todo estará dispuesto para que vivamos la experiencia como una totalidad; emoción, consumo, pertenencia. Pero sentir no debería implicar dejar de pensar.

Ahí es donde la reflexión de Paulo Freire sigue siendo fundamental: la tarea no es rechazar la experiencia, sino vivirla críticamente; no se trata de apagar la pasión, sino de acompañarla con conciencia. De no aceptar como natural aquello que responde a decisiones concretas; en ese contexto el problema no es que el fútbol emocione, el problema es cuando la emoción sustituye por completo a la reflexión. Cuando el espectáculo se vuelve suficiente y la narrativa reemplaza a la realidad.

Y es ahí —entre la cancha y la representación, entre la fe y la evidencia— donde se juega algo más profundo que un partido. Se juega la capacidad de distinguir entre experiencia y simulacro. De cuestionar las estructuras que sostienen nuestras lealtades. De recuperar el sentido original del juego.

Porque el fútbol, en su forma más simple, sigue siendo eso, un juego. Uno que no debería depender de la ilusión para sostenerse.

Quizá por eso el verdadero desafío no sea, como tantas veces se repite, alcanzar el quinto partido. Quizá el reto sea otro, más incómodo y más necesario, seguir sintiendo, sí, pero sin dejar de mirar con claridad.

Y entender que, a veces, la mayor muestra de amor por el juego —y por lo que representa— no es creer sin cuestionar, sino exigir que esté a la altura de lo que nos hace sentir.