Profr. Marcelino H. Martínez
Hay una verdad que no debería olvidarse al comenzar un nuevo ciclo escolar, los maestros y las maestras son quienes, desde las aulas, forman diariamente los caminos y los destinos de un país.
No lo hacen con tinta ni con decretos; lo hacen con paciencia, conocimiento, vocación, ejemplo y, muchas veces, con una enorme dosis de sacrificio.
Con el inicio del ciclo escolar también regresan los Consejos Técnicos Escolares (CTE), espacios destinados al análisis, la planeación y la toma de decisiones de la comunidad educativa. En teoría, deben ser órganos donde el colectivo docente participe, dialogue y construya soluciones desde su propia realidad.
Pero aquí aparece una pregunta incómoda… ¿qué tanto se escucha verdaderamente al maestro? Una cosa es diseñar estrategias desde una oficina, frente a un escritorio, y otra muy distinta es estar frente a un grupo de 36, 40 o más alumnos, cada uno con una historia diferente, necesidades distintas y problemas que muchas veces rebasan los contenidos de un programa educativo.
El discurso institucional puede sonar impecable en una reunión. Las palabras “planeación”, “estrategias”, “evaluación”, “inclusión”, “innovación” y “aprendizaje significativo” pueden llenar páginas enteras. Pero cuando el maestro cierra la puerta del salón y se queda frente a sus alumnos, la realidad comienza a hablar en otro idioma.
Ahí está el niño que llegó sin desayunar.
La niña que vive situaciones de violencia en casa.
El alumno que enfrenta problemas económicos.
Quien recorre largas distancias para llegar a la escuela.
El estudiante que carga con problemas emocionales que nadie ve.
Y también está el maestro que trabaja en comunidades apartadas, bajo condiciones climáticas extremas, en aulas reducidas, con grupos numerosos y, en ocasiones, sin los materiales necesarios.
¿Quién conoce mejor esa realidad? el maestro…
Por eso resulta preocupante que algunas decisiones educativas parezcan construirse de arriba hacia abajo, como si todos los contextos fueran iguales y como si una misma receta pudiera resolver las dificultades de todas las escuelas.
El maestro no necesita que le expliquen desde un escritorio que debe resolver los problemas educativos. Lleva años haciéndolo.
Y lo hace muchas veces con creatividad, experiencia y recursos propios.
El teléfono no debe convertirse en una guerra.
Hoy aparece además otro debate, el uso de los teléfonos inteligentes dentro de las escuelas.
Es evidente que un dispositivo puede convertirse en una distracción cuando no existen reglas claras. Pero también sería equivocado considerar al teléfono únicamente como un enemigo.
Vivimos en una sociedad digital, un teléfono inteligente puede ser una herramienta de investigación, comunicación, consulta, acceso a materiales educativos y apoyo para determinadas actividades pedagógicas. El problema no necesariamente es la herramienta; el problema está en el uso que se haga de ella.
Por eso, más que prohibiciones absolutas, debería existir educación digital, reglas claras, supervisión, responsabilidad y equilibrio.
El docente debe tener la capacidad de determinar cuándo una herramienta tecnológica favorece el aprendizaje y cuándo se convierte en un obstáculo. Porque nuevamente, quien está frente al grupo es quien conoce las circunstancias concretas.
No podemos pretender educar a las nuevas generaciones ignorando el mundo tecnológico en el que viven.
Menos órdenes y más confianza.
También sería saludable revisar la manera en que se ejerce la autoridad educativa.
Un directivo, supervisor o asesor pedagógico tiene una responsabilidad importante, pero su función no debería reducirse a transmitir instrucciones o revisar que el maestro haya cumplido con una lista interminable de actividades.
La autoridad educativa debe acompañar, no imponer; orientar, no minimizar; escuchar, no solamente hablar.
Si al docente se le carga de reuniones, formatos, evidencias, informes, actividades administrativas y tareas que poco tienen que ver con la enseñanza, se termina restando tiempo y energía a lo verdaderamente importante, es educar.
Hay una enorme diferencia entre dirigir una escuela desde el escritorio y vivir diariamente la realidad del aula.
Quizá algunos documentos puedan elaborarse en una mañana. Quizá una estrategia pueda diseñarse en una reunión. Quizá una planeación pueda modificarse en una computadora.
Pero la transformación de un niño no se programa en un escritorio.
Se construye día tras día, con presencia, paciencia, conocimiento y sensibilidad humana.
La autonomía docente también es dignidad profesional.
Por eso, el maestro debe recuperar y defender su autonomía profesional.
No significa desconocer las normas, rechazar la organización escolar o actuar al margen de las autoridades. Significa comprender que ninguna política educativa puede funcionar plenamente si no toma en cuenta la voz de quienes la llevan a la práctica.
El docente no es un soldado que simplemente recibe órdenes.
Es un profesional preparado para analizar, decidir, adaptar y resolver.
Porque cada grupo es diferente, cada comunidad tiene necesidades distintas. Cada niño representa una historia particular.
Por eso, lo que funciona en una escuela urbana quizá no funcione de la misma manera en una comunidad rural. Lo que sirve para un grupo pequeño puede fracasar frente a un grupo numeroso. Y lo que parece perfecto en un documento puede resultar impracticable cuando se enfrenta a las condiciones reales del aula.
La educación no puede construirse únicamente desde los escritorios; tiene que construirse desde las aulas.
Los maestros y las maestras merecen confianza.
Merecen ser escuchados.
Merecen que su experiencia tenga valor.
Merecen que las autoridades caminen por las mismas escuelas, conozcan las mismas carencias, enfrenten las mismas temperaturas, observen las mismas condiciones y comprendan que detrás de cada estadística existe un niño, una familia y un maestro haciendo lo mejor que puede.
Al final, el verdadero rector del proceso educativo no es solamente quien firma un documento.
Es quien todos los días entra al aula, mira a sus alumnos a los ojos y decide cómo enseñarles a construir un mejor futuro.
Y ese maestro eres tú.
Por eso, al comenzar un nuevo ciclo escolar, habría que decirles a nuestros docentes…
No permitan que la realidad del aula sea ignorada por la comodidad del escritorio.
Escuchen, participen, propongan y cuestionen cuando sea necesario. Defiendan su autonomía con responsabilidad y profesionalismo.
Porque ustedes no son solamente quienes ejecutan una política educativa.
Ustedes son quienes la convierten en realidad.
Y quizá esa sea la gran lección que todavía debemos aprender,antes de decirle al maestro cómo enseñar, hay que tener la humildad de preguntarle qué está viviendo.
La verdadera transformación educativa no comienza en un escritorio.
Comienza cuando un maestro abre la puerta de su salón y se encuentra con sus alumnos.
Ahí comienza todo, ahí, precisamente ahí, está la verdadera rectoría de la educación.