Lic. Abraham Ulises Parga Segura
Mayo 15, 2026
El magisterio de México es tal vez para muchos de nosotros un ejemplo de gratitud constante y eterna porque en las aulas hubo alguna vez sueños que se nutrieron con la dedicación y motivación de quienes no sólo educaban, también formaban.
No resulta extraño para mí recordar y reconocer el esfuerzo y sacrificio de mis profesores para con mi aprendizaje y el de mis compañeros: horas extras de educación no pagadas, dinero invertido en material didáctico que debía ser proporcionado por la institución educativa, además de tiempo y salud mental en escuchar, atender y hacer propios los problemas ajenos.
Es lamentable que en nuestro país perciba mayor sueldo un conductor de televisión que un profesor. Si bien son mercados y bolsas de remuneración distintas, lo cierto es que la prioridad nacional del gobierno al menos en los últimos diez años no ha sido ni es la educación porque mientras que el Estado mexicano invirtió para 2026 en educación un 3.4% del Producto Interno Bruto (PIB), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) recomienda que el porcentaje mínimo de inversión anual en lo que a educación refiere, sea casi del doble, un 6% del PIB.
¿Qué garantizaría mayor inversión en educación? Docentes mejor pagados, infraestructura adecuada para un mejor desarrollo académico, libros, transporte y materiales escolares gratuitos, enfoque didáctico de calidad, menores índices de rezago educativo, movilidad social ascendente, baja probabilidad de delinquir, mayor capacidad de crítica y raciocinio… en pocas palabras: una estructura de la sociedad ideal. Esa sociedad que cuestiona y exige la rendición de cuentas a sus gobernantes, reivindica derechos y obliga a que se respeten.
¿Qué detiene una mayor inversión en educación? Costos políticos por las mismas razones de que se piense siquiera en una estructura de la sociedad ideal en la que el gobierno sea cuestionado y/o desplazado de sus funciones asistencialistas, presupuesto limitado debido a la baja recaudación fiscal y la corrupción que impera, nulos incentivos de gobierno a corto plazo que motiven la preferencia electoral, negociaciones con el sindicato más grande de México que despertaría un ‘efecto contagio’ y a su vez una ola de rompimiento al «status quo» por las demandas secuenciales en las que si un sindicato logra mejoras, el segundo exigirá las mismas mejoras o más.
En conclusión: al gobierno le resulta políticamente costoso resolver el problema educativo de fondo. En su lugar, programas asistencialistas como becas y entrega de útiles escolares son más visibles, baratos y logran votos en las elecciones, pero eso no cambia el pésimo sueldo de un profesor, que exista un docente y más de cuarenta alumnos por aula, la olvidada infraestructura de las escuelas, el triste plan de estudios vigente y el vergonzoso actual rezago educativo nacional.
Ante ello no queda más que reconocer la labor de un profesor, porque pese a las adversidades están, desde su trinchera, firmes y resilientes. Y posiblemente más que reconocer al magisterio, necesitamos admirar su entrega cotidiana en las aulas, respetar la noble labor que realizan al compartir conocimiento, y elogiar su profesión. Esa profesión que cuando no observan a un alumno que desayunó, comparten su desayuno con él; que cuando comprueban que una alumna bajó en calificación, escuchan la razón emocional detrás; que cuando perciben el «¡No sirvo para matemáticas!», se esfuerzan por explicar y darse a entender.
Mi eterno aprecio, gratitud y admiración a todos mis profesores y profesoras de educación básica, media superior y superior. A mi maestra de vida: MARÍA TERESA, a mis familiares docentes, a María Elena Palacios Sifuentes, Griselda Díaz Evangelista, Artemio Rodríguez Cayetano, Juana Lourdes Moreno Rivera, Bertha Alicia Jahuey Rojas, Isabel Cristina Montes Zúñiga, Nuria Faz, María Guadalupe Puente Portillo, Raquel Sandoval, César Jiménez Castillo, Israel Rincón, Alicia del Carmen Tapia Hernández, Juan Carlos Barrón Cerda, Laura María Andrade Espinosa, José Antonio Portales Pérez, Leonardo Robledo Lasso de la Vega, María Manuela García Cázares, Luz María Enriqueta Cabrero Romero, Salvador Ávila Lamas, Santiago Camacho Cañizares, Carlos Enrique Arreola Sánchez, Salvador Alvarado Thompson, Paola Arreola Nieto, Héctor Vega Robles, José Miguel Meave Llarena, Martín Beltrán Saucedo, Ma. Aracely Rojas Muñoz, Raúl Arredondo Quintero, David De los Santos Mejía, María Luisa Pérez Ríos, Jesús Javier Delgado Sam.
A la señora ministra en retiro Ana Margarita Ríos Farjat, quien por ahora es catedrática universitaria: gracias por haber confiado en mí recién egresado de la licenciatura y por haberme enseñado tanto mientras formé parte de su ponencia en la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
A quienes nombro en este elogio, agradecimiento especial por enseñarme a volar, soñar y vivir porque cobra especial sentido para mí el poema de Agnes Gonxha Bojaxhiu (Santa Teresa de Calcuta): «enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo… en cada vuelo, en cada sueño, en cada vida, perdurará siempre la huella del camino enseñado».
Al Ejército Intelectual de México, la profesión de profesiones: gracias por contribuir en forjar personas mejor preparadas para enfrentar y transformar la realidad social. Que su noble labor siempre sea reconocida, elogiada y dignificada.
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