Profr. Marcelino H. Martínez
Hay una pregunta que muchos padres nos hacemos alguna vez en la vida, especialmente cuando un hijo toma caminos equivocados, se aleja de la familia, desobedece, causa preocupación o termina tomando decisiones que provocan dolor.. ¿en qué fallé como padre?
Es una pregunta difícil, porque detrás de ella suele haber culpa, tristeza, preocupación y muchas noches de reflexión.
A veces pensamos…. “¿Acaso no hice lo suficiente? ¿No les di educación? ¿No trabajé para que nada les faltara? ¿No procuré enseñarles valores y abrirles caminos para que fueran personas de bien?
Pero la vida nos enseña algo importante, criar a un hijo no significa controlar su destino.
Los padres podemos sembrar valores, enseñar con el ejemplo, corregir, orientar, acompañar y brindar amor. Podemos procurar una buena educación y hacer grandes esfuerzos para que nuestros hijos tengan oportunidades. Sin embargo, llegará el momento en que ellos tendrán que tomar sus propias decisiones.
Y ahí comienza una de las partes más difíciles de ser padre, es comprender que nuestros hijos son personas independientes, con carácter, emociones, influencias, amistades, experiencias y decisiones propias.
Entonces, cuando un hijo se equivoca, ¿significa necesariamente que sus padres fueron malos padres?
No siempre.
La conducta de una persona es resultado de muchos factores. La familia tiene una enorme influencia, pero también intervienen el entorno social, las amistades, la escuela, las experiencias personales, las circunstancias económicas, las oportunidades, la forma de enfrentar los problemas y, finalmente, las decisiones individuales.
También debemos reconocer que los padres podemos equivocarnos.
Quizá fuimos demasiado estrictos o demasiado permisivos. Tal vez trabajamos tanto que nos faltó tiempo para escuchar. Pudimos confundir disciplina con dureza, protección con sobreprotección o bienestar material con presencia afectiva.
Ser padre también significa aprender mientras se educa.
No existe un manual perfecto para criar hijos. Cada familia enfrenta circunstancias diferentes y cada hijo necesita ser comprendido de manera distinta.
Por eso, más que preguntarnos únicamente “¿en qué fallé?”, quizá deberíamos preguntarnos…
¿Qué hice bien? ¿Qué pude haber hecho diferente? ¿Qué puedo todavía reparar, enseñar o sanar?
Ser un buen padre no consiste en conseguir que nuestros hijos sean exitosos según nuestros propios sueños. Consiste en proporcionarles herramientas para que puedan construir una vida digna, responsable y con valores.
Un título profesional, un buen trabajo, dinero o reconocimiento social pueden ser importantes, pero no sustituyen la honestidad, el respeto, la responsabilidad, la empatía y la capacidad de reconocer los errores.
Y tampoco debemos confundir el éxito de los hijos con el valor de los padres.
Un padre puede haber entregado amor, educación, sacrificios y oportunidades, y aun así tener un hijo que tome decisiones equivocadas. Eso no significa que todo el esfuerzo haya sido inútil.
La crianza es una siembra.
Algunas semillas germinan pronto; otras tardan años. Algunas necesitan volver a ser regadas. Y algunas, por diferentes circunstancias, no crecen como imaginábamos.
Pero haber sembrado con amor y responsabilidad tiene un valor propio.
También debemos hablar de la llamada “ingratitud” de algunos hijos. Hay comportamientos que lastiman profundamente a los padres, el abandono, la falta de respeto, el desprecio, aprovecharse de ellos o ignorar los sacrificios que hicieron.
Sin embargo, antes de etiquetar a un hijo como “malo”, vale la pena preguntarnos qué hay detrás de su conducta y, al mismo tiempo, establecer límites cuando sus acciones causan daño.
Comprender no significa justificar.
Perdonar no significa permitir abusos.
Y amar a un hijo tampoco significa aceptar todas sus decisiones.
La familia necesita amor, pero también límites, responsabilidad y respeto.
Al final, ser padre es una de las tareas más difíciles que puede asumir un ser humano. No se trata solamente de alimentar, vestir o mandar a los hijos a la escuela. Se trata de formar personas capaces de convivir, respetar, trabajar, amar, enfrentar dificultades y hacerse responsables de sus decisiones.
Quizá nunca sabremos con absoluta certeza si fuimos los padres perfectos. Probablemente no lo fuimos, porque nadie lo es.
Pero podemos preguntarnos algo más importante….
¿Amé? ¿Estuve presente cuando pude? ¿Enseñé con mi ejemplo? ¿Corregí cuando fue necesario? ¿Pedí perdón cuando me equivoqué? ¿Intenté darles las herramientas para enfrentar la vida?
Si la respuesta es sí, entonces quizá no debamos vivir eternamente cargando con la culpa por cada decisión que nuestros hijos tomen.Mira educar hijos no es fabricar destinos.
Es formar seres humanos y acompañarlos hasta que aprendan a caminar con sus propios pies.
Y si queremos una sociedad diferente, debemos comenzar desde casa, padres que eduquen con amor, madres y padres que enseñen con el ejemplo, familias que dialoguen, escuelas que formen en valores y una sociedad que comprenda que educar a las nuevas generaciones es una responsabilidad compartida.
Porque quizá el verdadero desafío no sea formar hijos perfectos.
El verdadero desafío es formar buenos seres humanos, que quieran al mundo y sean sensibles ante la naturaleza.