Profr. Marcelino H. Martínez
Mayo 02, 2026
En la vida pública y también en la cotidiana hay una constante que lastima y divide, y la facilidad con la que se reparte, la culpa y la dificultad para asumir la responsabilidad.
Vivimos tiempos en los que señalar se ha vuelto más sencillo que reflexionar, y donde muchas veces el juicio se impone sobre la verdad.
La escena se repite en muchos lugares , ahí donde nos conocemos y convivimos todos los días.
Si el perro murió o fue atropellado, alguien tiene que cargar con ello. Si los camiones circulan con exceso de carga, y hay accidentes, si ocurre un incendio, si el río crece y hay inundaciones, si la basura se acumula o el servicio no pasó, de inmediato surge el señalamiento.
Poco importa el contexto o las causas reales, lo urgente parece es encontrar a quién culpar.
Esta lógica no solo es injusta, también es estéril. Y en ocasiones la culpa se reparte sin sustento, y se debilita la confianza social. El que actúa con rectitud termina explicando lo que no hizo, mientras el que distorsiona los hechos avanza sin resistencia. Así, se normaliza una peligrosa idea, que hacer lo correcto implica cargar con consecuencias ajenas.
Sin embargo, los problemas que enfrentamos como comunidad no nacen de una sola causa ni se resuelven con un solo culpable. Las inundaciones también reflejan años de descuido y hábitos ciudadanos.
La basura en las calles no es solo falla institucional, sino falta de cultura cívica. Los incendios y el desorden urbano, en muchos casos, tienen origen en la negligencia compartida.
Por eso, más que buscar culpables, necesitamos construir responsabilidad. Cambiar la pregunta de “¿quién fue?” por “¿qué nos toca hacer?”. Solo el respeto entre ciudadanos nos trae progreso. Respeto que se traduce en acciones, cuidar el entorno, cumplir normas, participar y exigir con congruencia.
Es cierto, a veces parece que quien actúa mal avanza más rápido. Que la mentira, la manipulación o la falta de ética rinden frutos inmediatos.
Pero esos triunfos son frágiles. Lo construido sin integridad no se sostiene.
En cambio, quien se mantiene firme en sus principios, aunque reciba golpes, construye algo más valioso, confianza, credibilidad y paz interior.
Porque al final, se puede avanzar con trampas… pero no se puede sostener una vida ni una comunidad sin conciencia.
Y es ahí donde está la verdadera tarea,dejar de culpar por sistema y empezar a construir, desde el respeto, el progreso que todos queremos.Desde luego, esto no significa renunciar a la exigencia.
Las autoridades deben cumplir con su responsabilidad, y la ciudadanía tiene todo el derecho de demandarlo. Pero esa exigencia debe ir acompañada de congruencia.
No se puede pedir orden desde el desorden, ni compromiso desde la indiferencia.