«Entre la fiesta y la protesta»

Profr. Marcelino H. Martínez

11 de junio 2026

Mientras una gran nube gris parece oscurecer el horizonte de México, el país vuelve a mostrarse dividido entre dos realidades que conviven al mismo tiempo.

Por un lado, la celebración, la alegría y el orgullo de recibir un evento de talla mundial que coloca a nuestra nación ante los ojos del planeta.

Por el otro, miles de ciudadanos que continúan luchando por causas legítimas que aún esperan respuestas.

En los días previos a la inauguración del Mundial, contingentes de maestros, madres buscadoras, agricultores y diversos grupos sociales se movilizaron en distintos estados del país.

Sus demandas no son nuevas, hablan de justicia, seguridad, apoyos al campo, mejores condiciones laborales y, en muchos casos, de la búsqueda incansable de seres queridos que un día desaparecieron sin dejar rastro.

Sin embargo, las imágenes que recorrieron los medios mostraron también otro rostro de México, vallas metálicas, operativos de seguridad y cuerpos antimotines impidiendo el avance de manifestantes hacia los puntos donde se desarrollaría la ceremonia inaugural.

La pregunta surge inevitablemente.. si el diálogo es una herramienta de la democracia, ¿por qué la imagen de un país blindado frente a sus propios ciudadanos?

El viejo dicho afirma que «el que nada debe, nada teme». Pero en política las percepciones también cuentan.

Si las autoridades privilegian la contención sobre la conversación, se corre el riesgo de enviar al mundo un mensaje equivocado, el de una nación que aún no logra resolver sus conflictos más profundos.

México merece ser reconocido por sus logros, por su cultura, por su capacidad de organización y por su hospitalidad.

Pero también merece ser escuchado cuando miles de voces exigen justicia y soluciones.

Negar esa realidad no la desaparece; por el contrario, la hace más visible.

La estabilidad y la paz social no se construyen únicamente con operativos de seguridad.

Se construyen con instituciones fuertes, con leyes que se apliquen por igual para todos, con gobiernos sensibles y con ciudadanos comprometidos con el respeto y la participación democrática.

Hoy más que nunca debemos reflexionar sobre el país que queremos heredar.

Un México donde no tengamos que mirar al norte, al sur, al este o al oeste para encontrar violencia, desigualdad o injusticia.

Un México donde prevalezcan los derechos humanos, el Estado de derecho y la correcta aplicación de las leyes.

Al final, ningún evento, por importante que sea, puede opacar las causas de quienes siguen esperando respuestas.

Y ningún gobierno debería temer al diálogo cuando éste es la base de toda democracia verdadera.

Para así festejar un México de progreso, sin promesas no cumplidas.