La batalla por el aura

Por Adrián García Reyes

Nos quejamos de que los jóvenes ya no salen, ya no conviven, ya no saben relacionarse fuera de una pantalla. Y entonces salen, se reúnen en plazas, ocupan parques y se miran frente a frente. Hacen poses, gestos, movimientos absurdos, se ríen, compiten y dejan que otros decidan quién tiene más “aura”.

Y nosotros, desde la respetable distancia de nuestra adultez, decimos: qué cringe. ¿Nos hemos preguntado si tal vez deberíamos detenernos un momento antes de burlarnos? Porque pareciera que estamos frente a una de esas expresiones culturales que parecen insignificantes hasta que alguien se pregunta qué hay detrás de ellas.

“Farmear aura” es una expresión nacida en la cultura de los videojuegos y popularizada en redes sociales para describir la acumulación simbólica de presencia, seguridad, estilo o carisma. En las últimas semanas, sin embargo, el fenómeno dejó de pertenecer exclusivamente a TikTok e Instagram: jóvenes comenzaron a organizar batallas presenciales en plazas y parques de distintas ciudades mexicanas.

La escena puede parecer ridícula y quizá lo sea; pero también puede ser profundamente reveladora.

Es innegable que hay una contradicción en nuestra manera de mirar a las nuevas generaciones: durante años les hemos reprochado que viven demasiado tiempo frente a las pantallas, que dejaron de convivir, que perdieron el contacto con la calle, que ya no saben hacer comunidad. Pero cuando encuentran una forma propia de reunirse, muchas veces nuestra respuesta es descalificarla.

Nos quejamos de que “ya nada es genuino”, pero cuando hacen algo que no comprendemos decimos que es artificial. Pedimos que sean ellos mismos, pero cuando lo hacen de una manera distinta a la nuestra, nos parece ridículo.

Y quizá el problema no esté solamente en ellos. Quizá también esté en nuestra incapacidad para reconocer formas de convivencia que no aprendimos nosotros.

Hay una ironía particularmente interesante en todo esto. Walter Benjamin utilizó el concepto de aura para referirse a aquello que posee una presencia singular, irrepetible, una especie de distancia y autenticidad que no puede reducirse a su reproducción técnica. Su reflexión sobre la pérdida del aura en la época de la reproductibilidad mecánica adquiere una dimensión inesperada en la era de TikTok.

Hoy los jóvenes parecen estar farmeando precisamente aquello que la cultura digital amenaza con diluir: la presencia.

La paradoja es enorme. La pantalla produce una generación acostumbrada a mirar y ser mirada; pero, al mismo tiempo, esa misma cultura está generando encuentros que devuelven los cuerpos al espacio físico. El fenómeno nació en internet y terminó en la plaza, el meme se convirtió en reunión y la pantalla produjo calle. No deberíamos pasar por alto esa contradicción.

Guy Debord sostuvo que en la sociedad del espectáculo la experiencia directa termina subordinada a su representación, cada vez vivimos más para mostrar, registrar y reproducir aquello que hacemos. Las batallas de aura parecen confirmar esa lógica: alguien hace una pose, otro responde, el público observa y una cámara registra el momento.

Pero aquí aparece una diferencia importante: el espectáculo no está sustituyendo a la experiencia, la está provocando.

Los jóvenes no solamente producen videos de una reunión, primero tienen que reunirse. No pueden farmear aura completamente solos, necesitan un espacio, espectadores, cuerpos. Necesitan estar ahí y eso cambia la lectura. Tal vez estas prácticas no sean la derrota definitiva del espacio público frente a las redes sociales, sino una de sus inesperadas formas de supervivencia.

En México, las reuniones recientes han ocurrido precisamente en lugares que cumplen una función urbana mucho más profunda que servir como escenario: explanadas, parques, plazas y monumentos. En el Monumento a la Revolución, por ejemplo, decenas de jóvenes se reunieron hace poco para participar en una de estas competencias.

La imagen puede parecer insignificante, pero una plaza llena de jóvenes jamás es intrascendente.

Henri Lefebvre planteó que la ciudad no es simplemente un conjunto de edificios, calles y monumentos; es una producción social. Por eso desarrolló una idea que sigue siendo extraordinariamente vigente: el derecho a la ciudad, entendido no solo como el derecho a habitarla, sino a participar en su construcción, apropiarse de ella y producir vida urbana.

Desde esa perspectiva, una plaza no existe plenamente porque tenga bancas, árboles o una explanada perfectamente diseñada. Existe cuando alguien la habita. Cuando alguien personas se encuentran ahí. Cuando ocurren conversaciones, juegos, protestas, celebraciones, romances, discusiones o, incluso, competencias absurdas de aura.

Y aquí aparece una dimensión política que quizá no estamos viendo: en ciudades donde prácticamente todo invita a consumir, reunirse gratuitamente también es político.

Para pasar una tarde, muchas veces hay que pagar. Para sentarse, consumir. Para escuchar música, consumir. Para encontrarse con alguien, consumir.

El moderno centro comercial sustituyó a la plaza; el café de franquicia, a la banca; el restaurante, al encuentro espontáneo. Las ciudades “modernas” parecen preguntarnos constantemente cuánto estamos dispuestos a pagar para permanecer en ellas.

Por eso resulta encantador que grupos de infancias y juventudes puedan decir, aunque sea sin formularlo de esa manera: NOS VAMOS A REUNIR AQUÍ PORQUE PODEMOS.

Sin comprar nada. Sin reservar una mesa. Sin pagar una entrada. Sin pedir permiso a una marca. Solo ocupando un espacio que, precisamente por ser público, también les pertenece.

Erving Goffman explicó que la vida cotidiana contiene una dimensión teatral: presentamos determinadas versiones de nosotros mismos frente a los demás; elegimos gestos, palabras, ropa y comportamientos dependiendo del escenario y de quienes nos observan.

Las redes sociales no inventaron esa representación, la hicieron permanente. Ahora, además, puede medirse: seguidores, reproducciones, comentarios, “likes”, visualizaciones. Capital simbólico convertido en estadísticas.

Pierre Bourdieu permite profundizar todavía más: la posición que ocupamos frente a los demás depende también de distintas formas de capital —social, cultural y simbólico— que producen reconocimiento y distinción.

“Farmear aura” parece una versión juguetona y deliberadamente absurda de esa competencia por el reconocimiento. La diferencia es que aquí nadie pretende ocultar demasiado el juego, todos saben que están jugando. Y quizá ahí radique parte de su encanto.

Hay algo todavía más interesante. Las generaciones Z y Alpha han crecido en un entorno de exposición permanente, una fotografía puede convertirse en burla, una equivocación puede quedar grabada o una frase puede viralizarse. El ridículo ya no desaparece cuando termina el momento sino puede permanecer en internet indefinidamente.

En ese contexto, hacer el ridículo voluntariamente puede convertirse en un acto de liberación.

Actualmente se le llama “cringe”, ellos quizá lo llaman diversión. Y hay una diferencia importante. Porque una generación aterrada por la posibilidad de quedar mal ante los demás puede encontrar cierta libertad precisamente en reunirse y hacer algo deliberadamente absurdo.

No intentar parecer seria, no intentar parecer productiva, tampoco intentar parecer exitosa; simplemente jugar. Quizá hemos olvidado que jugar también es una forma de estar juntos.

No podemos ignorar, además, el contexto en el que estas generaciones crecieron.

Para muchos niños y adolescentes, la pandemia significó una interrupción abrupta de la escuela presencial, de las amistades cotidianas, de los espacios comunitarios y de la experiencia física de compartir con otros.

Sería exagerado explicar toda su cultura a partir de la pandemia, pero sería igualmente ingenuo ignorar que una parte de estas generaciones atravesó años formativos en medio de pantallas, aislamiento y distanciamiento físico.

Por eso resulta casi paradójico que una tendencia nacida precisamente en internet esté llevando a los jóvenes de regreso a las plazas.

Quizá no están abandonando el mundo digital, probablemente están aprendiendo a utilizarlo como puente hacia el mundo físico. Y eso merece algo más que una burla.

Sin embargo, tampoco conviene idealizar. El “farmear aura” puede convertirse rápidamente en aquello mismo que parece cuestionar.

Si la reunión solo importa porque será grabada, si la plaza solamente sirve como fondo para el video, si el encuentro desaparece cuando se apaga la cámara, entonces la reapropiación corre el riesgo de convertirse en otra mercancía de la economía de la atención.

Aquí vuelve Debord. El espectáculo puede absorber incluso aquello que intenta escapar de él.

Y Byung-Chul Han resulta pertinente cuando advierte sobre una sociedad dominada por la exposición, el rendimiento y la necesidad de hacerse visible.

La pregunta, entonces, no es si debemos dejar de grabar, es otra: ¿seguimos reuniéndonos cuando nadie está grabando? Si la respuesta es sí, hay algo importante ocurriendo. Porque entonces la cámara no sería el propósito del encuentro, sino apenas su testigo.

Tal vez deberíamos dejar de pensar que defender el espacio público significa únicamente impedir que alguien lo privatice. También significa habitarlo, usarlo, llenarlo de gente. Convertirlo nuevamente en un lugar donde puedan suceder cosas que no hayan sido diseñadas por una empresa, una plataforma o una campaña publicitaria.

Una plaza vacía es terreno fértil para la privatización. Una plaza viva es más difícil de convertir en mercancía.

Por eso, aunque nos parezca extraño, un grupo de jóvenes haciendo poses, riéndose y compitiendo por quién tiene más aura puede estar haciendo algo mucho más elemental: estar juntos.

Y estar juntos, en una época en la que todo parece diseñado para mantenernos separados, distraídos y consumiendo individualmente, no es poca cosa.

No necesitamos convertir cada expresión juvenil en una revolución, pero tampoco necesitamos convertirla inmediatamente en una estupidez.

Quizá estas batallas de aura no sean una gran transformación cultural., quizá desaparezcan tan rápido como llegaron, pero dejan una pregunta que vale mucho más que la tendencia: ¿qué sucede cuando una generación que supuestamente había perdido la calle comienza a recuperarla con sus propios códigos?

Tal vez no deberíamos pedirles que convivan como nosotros convivíamos, tal vez sólo deberíamos celebrar que estén encontrando una manera de hacerlo.

Repito: compartir un espacio público también es una forma de defenderlo.

Y reunirse sin comprar nada, sin pedir permiso y sin sentir vergüenza de hacer el ridículo puede ser, en una ciudad cada vez más convertida en mercancía, una pequeña forma de libertad.

Quizá el verdadero problema no sea que los jóvenes estén “farmeando aura”. Quizá sea que nosotros hemos olvidado cuánto valor tiene simplemente estar ahí.

Y acaso la batalla más importante no sea por conseguir mil puntos de aura frente a una cámara, sino por recuperar algo mucho más difícil de cuantificar: el derecho a encontrarnos con otros sin que la ciudad, el mercado o el algoritmo nos cobre por hacerlo.