«La política deja de servir y comienza a dividir»

Profr. Marcelino H. Martínez

México atraviesa un momento complejo. La polarización política ya no es un fenómeno exclusivo de los grandes debates nacionales; ha descendido a los estados, a los municipios y a las conversaciones cotidianas entre vecinos, amigos e incluso familias. En Ciudad Valles, corazón de la Huasteca Potosina, también comienzan a sentirse con fuerza esos vientos de confrontación que, lejos de fortalecer la vida democrática, amenazan con desgastarla.

En tiempos electorales aparecen personajes que convierten la política en un espectáculo permanente. No buscan necesariamente soluciones profundas para los problemas sociales; buscan reflectores. Necesitan la fotografía, el video, el escándalo, la frase agresiva y la provocación constante para mantenerse vigentes ante la opinión pública. Su prioridad parece ser construir una clientela electoral basada en emociones momentáneas, no en proyectos serios de gobierno.

Lo preocupante es que todavía existen ciudadanos que, cansados de las carencias y necesitados de esperanza, terminan creyendo en propuestas construidas más desde la simulación que desde el compromiso auténtico con el pueblo. Se repite una historia conocida, durante la campaña abundan las sonrisas, los abrazos, las promesas y el aparente enamoramiento con la gente; después, cuando se alcanzan los objetivos políticos, muchas de esas palabras quedan archivadas en la memoria de quienes esperaron un cambio verdadero.

En el ámbito local resulta especialmente lamentable observar conductas que rebasan los límites de la crítica legítima. La democracia exige tolerancia, pluralidad y respeto a las opiniones distintas. Nadie puede negar el derecho de un ciudadano a cuestionar a una autoridad municipal o a expresar desacuerdos políticos. Sin embargo, una cosa es disentir y otra muy distinta convertir la confrontación en una estrategia permanente de protagonismo.

Y más, si un aspirante a representa a un partido político recurre a la agresión, a la descalificación de sus propios compañeros, a las señas obscenas, a los gritos y a las actitudes desesperadas para llamar la atención, el problema deja de ser únicamente personal. Se convierte en un asunto que afecta la imagen de la política y de las instituciones que lo toleran.

Más grave aún resulta cuando las dirigencias partidistas o las autoridades estatales guardan silencio frente a ese comportamientos que ofende la convivencia pública.

Ningún partido debe olvidar que las acciones de sus militantes terminan reflejándose en su propia credibilidad. La ciudadanía observa, compara y finalmente juzga. Lo que hoy algunos consideran un estilo “directo”, “narrativo” o “combativo”, otros lo perciben como violencia verbal, falta de educación cívica y ausencia de respeto hacia la sociedad.

Y aquí es donde debemos detenernos a reflexionar con serenidad. ¿Qué ejemplo estamos ofreciendo a los niños, a los jóvenes y a las mujeres que presencian estos espectáculos públicos? ¿Queremos normalizar una política donde el insulto sustituya al argumento y donde la vulgaridad ocupe el lugar de las ideas? La libertad de expresión no puede convertirse en licencia para degradar el espacio público.

Ciudad Valles necesita liderazgos con carácter, sí, pero también con prudencia. Necesita mujeres y hombres capaces de debatir sin destruir, de competir sin odiar y de señalar errores sin convertir al adversario en enemigo. La grandeza de un servidor público no se mide por el volumen de sus gritos ni por la cantidad de cámaras que lo siguen, sino por su capacidad para construir acuerdos y servir con dignidad.

Ojalá que las divisiones que hoy comienzan a profundizarse no desemboquen en hechos de violencia. La historia nos ha enseñado que sí la política alimenta el resentimiento y la confrontación permanente, las consecuencias terminan afectando a toda la comunidad.

El pueblo huasteco merece algo mejor que una guerra de egos. Merece gobernantes y aspirantes que practiquen el respeto, la discreción, la templanza y las buenas virtudes.

El poder no debe ser un instrumento para dividir a los ciudadanos ni para satisfacer ambiciones personales; debe ser una responsabilidad moral para construir un municipio más justo, más unido y más humano.

Hoy más que nunca, la ciudadanía tiene la responsabilidad de mirar más allá de los espectáculos políticos. No basta con escuchar promesas; hay que observar conductas. Porque quien no respeta a sus compañeros, difícilmente respetará al pueblo cuando tenga poder. Y quien necesita provocar para existir políticamente, quizá no tenga la capacidad de servir con la serenidad y la madurez que Ciudad Valles merece.

La democracia no se fortalece con más odio, sino con más conciencia ciudadana. Que el futuro de nuestra tierra huasteca sea decidido por la razón, por los valores y por el deseo de construir juntos, no por el ruido de quienes confunden la política con un escenario y al pueblo con un simple público electoral.