Profr. Marcelino H. Martínez
La política nació para servir, no para convertirse en un escenario donde algunos personajes buscan aplausos a costa de la confrontación. Cuando el interés personal supera el bienestar colectivo, el debate deja de ser una herramienta democrática y se transforma en un espectáculo que poco aporta a la solución de los verdaderos problemas de la ciudadanía.
En los tiempos actuales es frecuente observar a políticos que aprovechan cualquier circunstancia ya sea una contingencia natural, una crisis social o un problema cotidiano para intentar sacar ventaja política. En lugar de proponer soluciones, prefieren señalar culpables, provocar confrontaciones y buscar reflectores.
Esa práctica puede generar popularidad momentánea, pero difícilmente construye confianza duradera.
Lo más preocupante es que algunos recurren a un lenguaje ofensivo, a descalificaciones y a expresiones que distan mucho de la altura que debe caracterizar a un servidor público. Quien aspira a gobernar una ciudad o representar a su pueblo debe demostrar capacidad, prudencia, respeto y educación.
El liderazgo no se mide por el volumen de los gritos ni por la cantidad de insultos, sino por la inteligencia para dialogar, escuchar y resolver.
La política convertida en circo puede arrancar risas o provocar polémicas pasajeras, pero termina dividiendo a la sociedad. Mientras unos aplauden y otros responden con el mismo tono, los problemas reales permanecen sin atender. Al final, quienes pagan el costo de esa confrontación permanente son los ciudadanos.
Los niños y los jóvenes observan el comportamiento de quienes ocupan espacios públicos. Si normalizamos la blasfemia, la agresión verbal y el desprecio como formas de hacer política, estaremos enviando un mensaje equivocado a las nuevas generaciones, que el insulto vale más que las ideas y que la confrontación sustituye al diálogo.
La ciudadanía merece representantes con visión, propuestas y sensibilidad humana. Personas capaces de debatir con firmeza, pero también con respeto; de señalar errores, pero ofreciendo alternativas; de unir voluntades en lugar de sembrar odio.
No permitamos que quienes buscan el poder lo hagan únicamente mediante el escándalo, el regaño o la ofensa. Una sociedad madura debe valorar más la capacidad, la ética y el compromiso que el espectáculo político. Porque cuando la política pierde la dignidad, quienes terminan perdiendo son siempre los ciudadanos.