Profr. Marcelino H. Martínez
Mayo 06, 2026
En la vida y con mayor crudeza en la política y en el sindicalismo nada es permanente. Hoy se está arriba; mañana, sin previo aviso, se puede estar abajo.Es la lógica de una rueda que gira sin descanso, aunque muchos se comporten como si el poder fuera eterno y la memoria colectiva frágil.
Los ejemplos no son aislados, funcionarios que, al llegar al cargo, olvidan su origen y desprecian a quienes antes eran sus iguales.
Líderes que confunden autoridad con superioridad.
Como aquel jefe que se burló de una joven llamándola “simple mesera”, sin imaginar que el tiempo la colocaría en su mismo lugar.
La lección es simple, pero parece no aprenderse, la vida acomoda a cada quien.
En la política y en los liderazgos sindicales, la simulación es una práctica conocida.Se recorren calles, se estrechan manos, se escucha al pueblo… pero solo mientras se necesita su respaldo.
Una vez alcanzado el objetivo, la cercanía se disuelve y aparece la distancia.Y ahí está la diferencia que marca trayectorias, no es lo mismo representar al pueblo que utilizarlo.
Este es un llamado directo y necesario a quienes hoy ejercen poder, políticos, dirigentes, líderes sindicales.
La soberbia no solo desgasta, también destruye. Gobernar o representar no es un privilegio personal, es una responsabilidad pública.
Cada decisión tomada desde la arrogancia, cada gesto de desprecio, cada promesa olvidada, se acumula en la memoria social.
Porque la gente recuerda, recuerda quién estuvo solo en campaña y quién permaneció después.Recuerda quién escuchó con respeto y quién solo simuló hacerlo.Y cuando la rueda gira porque siempre gira esa memoria se convierte en juicio.
La humildad, entonces, no es discurso, es conducta.Es coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Es entender que el poder es temporal, pero las consecuencias de ejercerlo mal pueden ser permanentes.
Hoy más que nunca se necesitan liderazgos con conciencia, con sensibilidad y con límites claros frente a la tentación del abuso. Porque no hay cargo que dure para siempre, ni estructura que sostenga indefinidamente a quien se olvida de dónde viene.
Al final, cuando la rueda vuelva a girar, no será el puesto lo que defina a las personas, sino la forma en que trataron a los demás cuando tuvieron la oportunidad de hacerlo mejor.
Ahí, sin discursos ni cargos, es donde realmente se mide el tamaño de un liderazgo.El poder no es eterno, es prestado para servir, y siempre se regresa.