Adrián del Jobo Ponce.
09 de julio del 2026
Juan Villoro escribió que “el fútbol es la recuperación semanal de la infancia”. Y quizá por eso duele tanto, alegra tanto y convoca tanto: porque no se juega solamente con los pies, sino con la memoria.
Hay escenas que, por repetirse, dejamos de mirar con asombro.
Miles de personas viajan durante horas para llegar a un estadio. Pagan boletos imposibles para la mayoria de la población. Se pintan la cara. Visten una camiseta como quien porta una bandera familiar. Cantan hasta quedarse sin voz. Lloran sin pedir permiso. Abrazan a desconocidos. Levantan las manos al cielo cuando llega un gol, como si durante un segundo Dios hubiera decidido hablar ese idioma.
¿Es solamente un deporte?
Carlos Monsiváis sospechaba que no. Por eso pudo decir que “el fútbol es la única religión laica del Estado mexicano”. La frase incomoda porque revela una verdad: el estadio tiene algo de templo, la camiseta algo de hábito, el himno algo de oración y el gol algo de milagro compartido.
Monsiváis no veía en el fútbol una simple distracción. Veía un ritual popular; una ceremonia del caos donde el país se desnuda: su alegría, su frustración, su esperanza, su violencia, su ternura y esa necesidad profunda de pertenecer a algo más grande que uno mismo, una gran necesidad.
Porque una cosa es que algo nos guste. Y otra muy distinta es rendirle devoción.
Nos puede gustar una bebida, una marca de ropa, un automóvil, una película o incluso nuestro trabajo. Pero casi nadie peregrina por una camisa. Nadie llora frente a una taza de café. Nadie abraza a un desconocido porque una marca sacó un nuevo modelo de zapatos.
Con el fútbol y también con ciertos conciertos donde un artista se vuelve altar mediático como conocemos en la historia pero, ocurre algo distinto.
El gusto se vuelve entrega.
La diversión se vuelve rito.
La recreación se vuelve identidad.
Hay una línea delgada entre celebrar y adorar. Entre disfrutar una experiencia colectiva y permitir que esa experiencia ocupe el centro emocional de nuestra vida.
Eduardo Galeano lo dijo con belleza y picardía: “En su vida, un hombre puede cambiar de pareja, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol.” La frase parece broma, pero guarda una pregunta seria: ¿qué clase de símbolo puede adherirse tanto al corazón?
Tal vez el fútbol no sea el motivo.
Tal vez el fútbol solo revela algo más antiguo que el propio juego: el ser humano nació con una capacidad inmensa para adorar, para dar devoción. Para arrodillarse ante una causa, una persona, una bandera, una voz, una imagen, una camiseta, un personaje creado por la publicidad y el mercado o una promesa que poder estar mejor.
Somos criaturas de símbolos.
Necesitamos creer.
Necesitamos cantar juntos.
Necesitamos sentir que algo nos representa.
Necesitamos sentir que algo o alguien nos protege.
El riesgo no está en apasionarnos. La pasión ha levantado escuelas, defendido pueblos, escrito libros, cuidado familias y sostenido causas nobles cuando todo parecía perdido.
El riesgo está en no preguntarnos hacia dónde va esa pasión y mas aun, no darnos cuenta de lo que pasa con nosotros.
Porque aquello que recibe nuestro corazón termina educando nuestra mirada.
Lo que adoramos, tarde o temprano, nos gobierna.
Sobremesa:
Por eso el fútbol merece ser pensado, no condenado. Como toda expresión cultural poderosa, puede unir, emocionar, sanar y devolverle a la gente una alegría que la vida diaria le niega. Pero también puede convertirse en ruido, fuga, exceso y adoración sin conciencia, abandonar a los nuestros.
Tal vez ahí empieza la verdadera reflexión.
No en preguntarnos por qué gritamos un gol.
Sino en preguntarnos por qué tan pocas cosas nobles nos hacen gritar con la misma fuerza.
¿Por qué no defendemos así la educación?
¿Por qué no cantamos así por nuestros pueblos, por nuestros niños y mujeres?
¿Por qué no abrazamos así la justicia?
¿Por qué no lloramos así cuando una comunidad pierde su lengua, su río o su memoria?
Cuando las luces del estadio se apagan, cuando el artista baja del escenario, cuando la multitud se dispersa y cada quien vuelve a su silencio, queda una pregunta sencilla y brutal:
¿En qué estamos poniendo realmente el corazón?
Quizá esa sea la final que todos jugamos.
Y quizá, sin saberlo, cada día elegimos el templo al que vamos a pertenecer y olvidamos que toda esa energia y recurso podría servirnos para alimentar al hambriento, proteger al débil y hacer verdadera patria.
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