LLEGAREMOS A JERUSALÉN

Jorge Andrés Delgado Delgadillo

El 12 de febrero de 2010, el gran filósofo español Fernando Savater, fue investido como Doctor Honoris Causa en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Durante el mediodía de ese viernes, conjuntamente con el señor Rector y su Secretaria Particular, tuve la fortuna de acompañar al maestro Savater a recorrer el Centro Histórico de la capital potosina, en donde se habían instalado numerosos comercios ambulantes con motivo de las festividades del día de San Valentín y se vendían desde dulces típicos, elotes, peluches, globos y perfumes, hasta enchiladas, molletes, tacos rojos y pozole; situación que lo emocionó de manera particular al interactuar de forma directa con nuestro famoso folklore mexicano.

El autor de Ética para Amador, sonreía y veía con admiración los edificios y plazas, pero poco hablaba. Acaso expresó una emoción cuando conoció del Barrio de San Sebastían y sorpresa al saber que ahí habían contraído nupcias el Virrey Félix María Calleja con María de la Gándara y Manuel José Othón con doña Pepita Jiménez y Muro, diciendo: “yo también soy de San Sebastián, pero de un San Sebastián mucho más lejano”.

La ceremonia de investidura se realizó el mismo viernes por la tarde, en el Paraninfo Universitario “Rafael Nieto” y ahí todo cambio. Esa tarde escuche uno de los discursos más profundos y emotivos hasta ahora, que dejó sobre todo preguntas por encima de alguna que otra respuesta, pero lo más importante y trascendente, brindó esperanza.

En su discursó que duró alrededor de unos 20 minutos, expresó el sentido auténtico de la filosofía, que no es otro que “pensar la vida”. Rememorando a Schopenhauer, describió que la vida era algo muy parecido a una representación teatral, en donde ni siquiera nos damos cuenta que somos, actores, mas bien, nos escondemos detrás del telón, en bambalinas, asomándonos para ver la función que los demás realizan, cuando de repente, sin pensarlo, sin darnos cuenta, alguien nos empuja fuertemente y de pronto estamos en medio del escenario con la responsabilidad de actuar.

Explicaba que la dificultad de una situación así es que en esta trama que nosotros no iniciamos, es muy difícil entender quienes son los buenos o malos y el paso que nos toca dar, el diálogo que hay que pronunciar o el bando en el que debemos estar.

En este sentido, a veces nos preocupamos en demasía por sobrepensar si cosas negativas ocurrirán, si habrá corrupción, si la ley se respetará o será sólo un instrumento de poder, si los legisladores realmente conocerán su responsabilidad y se encuentran habilitados para diseñar los instrumentos jurídicos que regulan a la sociedad. Nos preocupamos por si vendrán políticos (hombres o mujeres) que busquen sólo su beneficio y no así el de la colectividad que dicen representar, que no llegarán a servir sino a servirse del puesto público.

Pero estas realidades no son distintas de las que hemos vivido a lo largo del tiempo. Si tomáramos en estos momentos un periódico de 1980 o 1990, veríamos como noticias los problemas de inseguridad, las dificultades en la economía, las guerras de EEUU con países de oriente y el cuestionamiento de querer invadir a países con regímenes autoritarios “liberar” al pueblo y quedarse de con sus recursos.

Si pudiéramos escuchar una reunión de intelectuales del siglo XVIII, con seguridad se hablaría de la ignorancia en la que desafortunadamente vive la mayoría de la gente, del poco interés del gobierno por elevarla porque así aseguran su permanencia en el poder.

O bien, si viviéramos en la época de Moisés, veríamos que hace unos 3,500 años la sociedad estaba convencida de que la degradación moral de sus miembros había alcanzado niveles inusitados: los hijos ya no respetaban a sus padres, la religión había ocupado un lugar secundario en la vida de las personas, las mujeres eran infieles a sus maridos que por otra parte eran promiscuos y que se robaba, mataba y se agredía con una facilidad asombrosa, basta revisar los diez mandamientos que le fueron revelados para comprender el contexto de aquella realidad.

En el ámbito jurídico, la realidad no es muy distinta. Como abogados y abogadas, hemos tenido muchas veces que “desaprender” el derecho. Explicábamos en la anterior colaboración, los cambios que se han gestado en los últimos años, y por supuesto, ello genera incertidumbre y angustia: ¿seré capaz de adaptarme a estos cambios? ¿podré continuar siendo útil a las personas en estos nuevos escenarios? ¿seré capaz de defender los intereses de mis representados en estos nuevos escenarios? ¿y ahora como voy a jugar si cambiaron las reglas?

Existe una opinión generalizada de que Jueces, Magistrados y Ministros o Ministras, no llegan a dichos cargos más por alianzas con las personas que ejercen el poder, que por méritos profesionales. Que la estructura operativa es quien realmente conoce el derecho y la dinámica de los órganos de órganos jurisdiccionales, pero que es tanta la carga de trabajo que la justicia ni es pronta ni es expedita, y que, en muchas ocasiones, ni si quiera es justicia. Pero estas opiniones no serían distintas a las que existían hace 30, 40 o 60 años.

Decía el maestro Savater que la pregunta no consiste en cuestionar si los cambios vendrán o no, ni siquiera si los tiempos serán difíciles o no, para él, la respuesta es clara: las dificultades vendrán y los “malos” llegarán a posiciones de poder. La verdadera pregunta es ¿qué voy hacer y cómo me estoy preparando para ese inexorable escenario?

Aquella tarde de 2010, Fernando Savater dio respuesta a estas preguntas concluyendo su discurso con la historia de Luis IX, San Luis, rey de Francia, quien se embarcó en una de las últimas cruzadas con la firme convicción de llegar a Jerusalén para liberar el Santo Sepulcro. Estando en África, enfermo, derrotado por las fiebres y consciente de la cercanía de la muerte, pronunció unas palabras que el tiempo convertiría en una lección para generaciones enteras: “LLEGAREMOS A JERUSALÉN”.

San Luis murió sin ver cumplido su propósito. Sin embargo, comprendió algo fundamental: hay causas cuya realización trasciende a quienes las emprenden. Ninguna generación concluye por sí sola la obra de la justicia, de la libertad o del derecho. Cada una aporta apenas una parte del camino.

Hoy, cuando el sistema judicial mexicano atraviesa una de las transformaciones más profundas de su historia reciente; cuando nuevos jueces, magistrados, magistradas, ministros y ministras asumirán la enorme responsabilidad de impartir justicia; cuando abogados y ciudadanos observamos con expectativa, esperanza o preocupación el rumbo de las instituciones, quizá conviene recordar aquella frase, porque la pregunta verdaderamente importante no es si vendrán tiempos difíciles. Vendrán. Tampoco si habrá errores, excesos o decepciones. Las habrá. La pregunta es si quienes creemos en el derecho, en las instituciones y en la justicia estaremos dispuestos a seguir haciendo nuestra parte. Si conservaremos la convicción de que los hombres y mujeres de bien siguen siendo mayoría. Si tendremos la perseverancia para continuar avanzando aun cuando el destino parezca lejano.

Al final, la justicia, como Jerusalén, es menos un lugar que una dirección. Y mientras existan personas dispuestas a defender la ley, la dignidad humana y la libertad, habrá razones para mantener la esperanza. Porque, como entendió San Luis y recordó Savater aquella tarde en San Luis Potosí, incluso en medio de la incertidumbre, debemos seguir caminando con la certeza de que, tarde o temprano, llegaremos a Jerusalén.