Profr. Marcelino H. Martínez
Cada vez que juega la Selección Mexicana sucede algo extraordinario. Las calles se llenan de camisetas verdes, las plazas se convierten en puntos de reunión, las familias se abrazan frente al televisor y un solo grito une a millones de gargantas, ¡Viva México!
Y eso es hermoso.
Porque los mexicanos somos alegres, creativos, apasionados y solidarios cuando una causa nos emociona.
Somos capaces de olvidar por noventa minutos las diferencias políticas, económicas y sociales para apoyar a un mismo equipo.
En esos momentos no existen fronteras entre ricos y pobres; todos llevamos los mismos colores y soñamos con la misma victoria.
Sin embargo, surge una pregunta que incomoda, pero que vale la pena hacer, si somos capaces de unirnos por un partido de fútbol, ¿por qué no lo hacemos con la misma fuerza para enfrentar los problemas que realmente definen el futuro de nuestro país?
¿Por qué no llenamos las plazas para exigir una educación de mayor calidad? ¿Por qué no hacemos una ola nacional para defender el medio ambiente, rescatar nuestros ríos, proteger nuestros bosques o combatir la contaminación que día con día amenaza la vida de nuestras comunidades? ¿Por qué el entusiasmo desaparece cuando se trata de luchar por la seguridad, la salud, la justicia o los valores que forman a nuestros hijos?
Mientras millones celebran un gol, también hay miles de familias esperando justicia, pacientes aguardando atención médica, maestros haciendo esfuerzos extraordinarios para educar, jóvenes buscando oportunidades y ciudadanos que todos los días trabajan para sacar adelante a México sin reflectores ni aplausos.
No se trata de restarle mérito al deporte. El fútbol une, inspira y genera identidad nacional. El problema comienza cuando esa pasión se convierte en distracción y olvidamos que, detrás del espectáculo, existe una poderosa industria que mueve miles de millones de pesos. Empresas, marcas y campañas comerciales convierten cada torneo en una temporada de ganancias extraordinarias, mientras el ciudadano común sigue enfrentando las mismas dificultades de siempre.
Quizá ha llegado el momento de crear otra selección, la selección de ciudadanos comprometidos. Un equipo formado por padres de familia que eduquen con el ejemplo, maestros que inspiren, jóvenes que propongan, empresarios con responsabilidad social, servidores públicos honestos y ciudadanos que no esperen que alguien más cambie el país.
México no necesita solamente campeones en una cancha. Necesita campeones en las aulas, en los hospitales, en el campo, en la ciencia, en la cultura, en la protección del medio ambiente y en la construcción de una sociedad más justa.
Celebremos cada gol de nuestra selección, pero no olvidemos que el partido más importante se juega todos los días en nuestras casas, en nuestras escuelas, en nuestras calles y en nuestras decisiones.
Y si el verdadero campeonato no se levanta en un estadio; se construye cuando millones de mexicanos deciden jugar, unidos, por el futuro de su nación.